Los poblados pequeños de Cuba cargan hoy con la parte más cruda del derrumbe cotidiano: apagones de más de 20 horas, agua que llega cada tantos días, pan que desaparece, transporte paralizado y precios fuera del alcance de cualquier salario común. En Antilla, Holguín, Unión de Reyes, Matanzas, y Motembo, en Villa Clara, la vida quedó reducida a sobrevivir con lo mínimo.
En Antilla, donde viven unas 21,000 personas, la electricidad apenas aparece durante tres o cuatro horas al día y el agua tarda entre 12 y 15 días en volver. Andrés Nápoles Romero describió una rutina de penuria que ya no se explica con excusas oficiales: un poco de corriente, un chorro de agua pobre y otra vez la espera.
La comida también se volvió un castigo. Nápoles dijo que en el pueblo pasan tres o cuatro días sin vender pan, que una libra de arroz cuesta 350 pesos y que los paquetes de un kilogramo llegan a 800. La libreta de abastecimiento, que durante años fingió sostener la mesa cubana, hace meses dejó de resolver lo básico. Para cocinar, muchos han tenido que volver al carbón y la leña, con sacos de hasta 2,000 pesos.
El combustible terminó de encerrar a estas comunidades. Moverse de Antilla a Banes puede costar entre 2,000 y 3,000 pesos, con la gasolina a 2,500 pesos el litro. Ese encarecimiento convierte un trayecto corto en un lujo y deja a la gente atrapada en pueblos donde trabajar, buscar comida o atender una urgencia médica depende de improvisaciones cada vez más caras.
En Unión de Reyes el panorama sigue la misma lógica de abandono. Un vecino que pidió no ser identificado contó que allí pasan hasta 22 horas sin electricidad, llevan más de dos semanas sin agua y más de un mes sin pan. También denunció que la localidad queda incomunicada porque la central de ETECSA no tiene combustible y, cuando se va la luz, ni teléfonos ni celulares funcionan.
Ese testimonio retrató una economía doméstica hundida por la inflación. Dijo que la gasolina llega a 2,500 pesos el litro, que una libra de pan anda entre 400 y 500 pesos, que hace meses no reparten nada por la canasta básica y que no hay insumos médicos. Para ir al hospital provincial, a unos 30 kilómetros, pueden pedir hasta 20,000 pesos. La represión también asoma en ese paisaje: levantar la voz puede costar la desaparición.
Motembo, en Corralillo, muestra que incluso las comunidades que se comparan con otras más castigadas siguen hundidas en la misma ruina. Allí los apagones duran toda la noche y el agua llega, con suerte, una vez por semana. Isaida Naranjo contó que en su casa no cogen agua porque se rompió la turbina y la que pusieron después tampoco resolvió el problema.
La bodega estatal, durante décadas vendida como sostén del barrio, ya casi no existe como apoyo real. En Motembo solo aparecieron una libra de arroz y una de azúcar a principios de diciembre. El resto lo venden las mipymes particulares, donde un pomo de aceite cuesta 2,000 pesos. A eso se suma una salud pública sin respuesta: posta médica mínima, farmacia vacía y ninguna garantía para enfermarse sin quedar a merced del abandono.
El régimen insiste en culpar únicamente a las restricciones petroleras de la Administración Trump, pero los propios cubanos de estos pueblos describen una crisis que viene de años y responde al fracaso administrativo y a las malas decisiones económicas del sistema. La diferencia entre La Habana y los municipios del interior confirma ese reparto desigual de la escasez: mientras la capital recibe menos horas de apagón, en provincias enteras el corte eléctrico se volvió norma.
Lo que pasa en Antilla, Unión de Reyes y Motembo retrata un país donde la centralización, la improductividad y el abandono estatal castigan con más fuerza a quienes viven lejos del escaparate oficial. En esos pueblos, el castrismo no garantiza servicios ni alivio; reparte carencias, cobra precios impagables y mantiene a la población entre la oscuridad, el agua racionada y el miedo a protestar.

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