El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, puso otra vez sobre la mesa la posibilidad de un cambio de régimen “a cámara lenta” en Cuba y lo hizo en una entrevista con Fox Business, al enlazar ese escenario con la salida de Maduro del poder en Venezuela.
La declaración tiene peso político porque salió de un alto funcionario de Washington, no de una lectura improvisada ni de un comentario lateral. Además, llega justo después de que la Casa Blanca y el secretario de Estado, Marco Rubio, rechazaran un reportaje de The New York Times sobre supuestos contactos del gobierno de Donald Trump con La Habana para buscar la salida de Miguel Díaz-Canel sin exigir un cambio de régimen.
El intercambio vuelve a colocar a Cuba en el centro de la discusión en Estados Unidos y deja al régimen en el lugar incómodo que conoce de sobra: una estructura tratada como problema político, no como gobierno normal. Cada vez que en Washington se habla de transición, el castrismo queda expuesto como un poder sostenido por el control interno, el aislamiento y la represión, no por una legitimidad que pueda defenderse sola.
Bessent también se refirió a Irán, al que calificó como un “horrible patrocinador del terrorismo global”, y dijo que su capacidad militar está degradada. Más allá de esos temas, el mensaje que golpea a La Habana es otro: Cuba sigue apareciendo como una ficha pendiente en la mesa de presión de Estados Unidos, y no como un caso cerrado por la propaganda oficial.
Para el régimen, esa sola conversación revela fragilidad. Mientras intenta vender estabilidad y resistencia, depende de un aparato político que envejece, de una economía quebrada y de una narrativa que ya no logra ocultar el desgaste. Cuando un funcionario estadounidense habla de un cambio lento, está describiendo también la erosión de un sistema que se sostiene a fuerza de control y miedo dentro de la isla.

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