Bruno Rodríguez volvió a decir este sábado que Cuba no representa una amenaza para ningún país, mientras el régimen apretaba otro lazo de dependencia con Rusia para sostenerse en medio de su crisis interna y la presión de Washington. La declaración llegó después de su visita de trabajo a Moscú, donde se reunió con Vladímir Putin y Serguéi Lavrov para hablar, entre otros asuntos, de la ayuda a Cuba.
El canciller presentó la política exterior de La Habana como pacífica, fraterna y respetuosa del Derecho Internacional. Sostuvo que Cuba no ataca, no amenaza ni interfiere en los asuntos internos de otros Estados. Ese discurso, sin embargo, convive con una realidad más cruda para los cubanos: un país atado a respaldos externos, con una economía asfixiada y una cúpula que sobrevive gracias a alianzas políticas que no resuelven la vida dentro de la Isla.
Desde el Kremlin, Putin calificó de inaceptables las nuevas sanciones contra Cuba y reafirmó que Moscú ha estado “siempre del lado” de la Isla. Lavrov también prometió que Rusia seguirá apoyando a Cuba en la defensa de su soberanía y seguridad, al tiempo que remarcó que esa cooperación no supone amenaza para Estados Unidos ni para ningún otro país. La secuencia dejó claro el tipo de sostén que busca La Habana: oxígeno para el poder, no alivio para la gente.
Rodríguez agradeció a Moscú su “invariable apoyo” frente al bloqueo y el cerco energético. El régimen usa esas fórmulas para explicar una crisis que también nace de su control absoluto de la economía y de su incapacidad para ofrecer respuestas reales dentro del país. Mientras el discurso oficial insiste en soberanía y paz, la vida diaria de los cubanos sigue marcada por la escasez, los apagones y el deterioro de los servicios básicos.
En paralelo, Washington mantiene su línea de presión. El 29 de enero, Donald Trump firmó una orden ejecutiva que declaró una “emergencia nacional” ante la supuesta amenaza que Cuba representa para la seguridad estadounidense y regional. A partir de ahí, su Administración anunció aranceles a los países que vendan petróleo a la Isla y advirtió sobre represalias para quienes desobedezcan la medida.
Trump después admitió contactos con La Habana y habló de un posible acuerdo, aunque describió a Cuba como una “nación en decadencia” que ya no cuenta con Venezuela para sostenerse. En ese pulso entre Washington, Moscú y La Habana, el cubano de a pie sigue pagando la factura de una política exterior convertida en coartada y de un régimen que busca respaldo afuera mientras no resuelve nada adentro.
Las acusaciones de Estados Unidos han sido rechazadas por el régimen cubano, que insiste en que defenderá su integridad territorial. Pero el fondo de la escena no cambia: una cúpula que se presenta como víctima, apela a la soberanía y celebra apoyos internacionales mientras mantiene al país en la dependencia, el apagón y el desorden económico.

Sé el primero en comentar