La crisis del petróleo venezolano dispara las colas por gasolina en Cuba

La Habana volvió a amanecer con una escena que la dictadura intenta maquillar, pero que el cubano conoce demasiado bien: filas largas, nervios, tiempo perdido y una gasolina que ya no alcanza ni para sostener la rutina más básica. La sacudida provocada por el fin del petróleo venezolano dejó al descubierto otra vez la fragilidad energética del régimen y su incapacidad para sostener el país sin ayuda externa.

En los servicentros de la capital, la desesperación se mezcló con la resignación. Conductores y motoristas llegaron a abastecerse por miedo a quedarse secos mañana, no porque hubiese combustible suficiente para todos. La escena cambió de una fila vacía esperando una pipa a una cola anticipada, hecha de prevención y de desconfianza. La incertidumbre manda, y en Cuba la incertidumbre siempre termina en escasez.

El golpe es todavía más duro porque Venezuela cubrió en 2025 cerca del 30 % de las necesidades energéticas de la isla. Esa dependencia, tolerada y administrada por el régimen durante años, dejó al país expuesto a una nueva fractura. Sin divisas para comprar a otros proveedores, el Estado vuelve a mostrar su debilidad estructural: no produce lo que necesita, no importa lo que requiere y no tiene margen para proteger a la población del impacto.

La crisis también profundizó la desigualdad. Mientras unas estaciones en dólares reciben prioridad, otras, que cobran en pesos cubanos, amanecen vacías y cerradas con conos frente a los surtidores. El régimen dolarizó parte de los servicentros para capear el desplome del turismo y de las remesas, y ahora concentra allí el poco suministro disponible. El resultado es el de siempre: acceso para quien consiga divisas, castigo para el resto.

En medio de ese esquema, la aplicación estatal Ticket se convirtió en otro símbolo del caos. Algunos llevan semanas o meses esperando turno, mientras otros acuden al mercado negro para conseguir dólares y comprar combustible. La cola digital y la cola física conviven como dos rostros de la misma trampa: un país administrado a la fuerza, donde cada necesidad básica depende de la improvisación y del abuso del control estatal.

El economista Miguel Alejandro Hayes estimó que el corte de los envíos petroleros podría arrastrar una caída del 27 % del PIB, además de encarecer 60 % los alimentos y 75 % el transporte. Son cifras que describen el tamaño del desastre que se cierne sobre la isla. Cuando falta el combustible, no solo se detienen los carros: se encarece todo lo que mueve la vida diaria y se estrecha aún más el margen de supervivencia de los cubanos.

La escena que dejó Jesús Méndez, sentado en su moto bajo el sol de La Habana, resume el país que el régimen ha construido: cansado, apretado y obligado a bromear para no admitir la ruina. La crisis venezolana le quita a Cuba una muleta decisiva, pero el hundimiento de fondo sigue siendo el mismo: un sistema que vive de parches, depende de otros para sostenerse y castiga al pueblo cada vez que se le cae una fuente de oxígeno.

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