Cacerolazos sacuden La Habana y Matanzas por séptima noche

La Habana volvió a sonar la noche de este jueves. En barrios de la capital y en Matanzas, vecinos salieron con cacerolas, se reportaron protestas e incendios de basura, y el malestar acumulado por los apagones y la falta de libertades dejó otra señal visible del desgaste social que atraviesa Cuba.

Las manifestaciones se repitieron por séptimo día consecutivo en zonas como Arroyo Naranjo, Cerro, Cotorro y Plaza de la Revolución. En Nuevo Vedado, a pocos pasos del Palacio de la Revolución, los vecinos hicieron sonar calderos para sacar a la calle un reclamo que ya no cabe en las casas ni en los silencios impuestos por la vigilancia política.

En Mantilla, las imágenes difundidas por activistas y periodistas independientes mostraron a personas protestando en la Calzada y prendiendo basura. Los propios testimonios publicados en redes hablaron de un mes sin agua y de apagones enormes, una mezcla que asfixia la vida diaria y empuja a más cubanos a expresar su rechazo con lo único que tienen a mano: ruido, fuego y presencia en la calle.

El Cerro también se sumó a la jornada con cacerolazos y quema de basureros. En Matanzas, la profesora y activista Alina Bárbara López confirmó que acompañó el ruido de los calderos en su barrio y dejó una lectura política nítida: la gente protesta tanto por las horas sin corriente como por la comparecencia televisiva de Miguel Díaz-Canel, convertida hace tiempo en un gesto vacío frente a una crisis que el poder no resuelve.

La respuesta popular llega en medio de una emergencia energética cada vez más dura, marcada por la falta de combustible, el deterioro de las termoeléctricas y el abandono del sistema eléctrico. A eso se suma una crisis económica y alimentaria que vacía los mercados, encarece lo poco que aparece y golpea de frente el salario de las familias cubanas.

Lo que ocurre en La Habana y Matanzas muestra un país agotado y una cúpula que insiste en administrar apagones, escasez y propaganda mientras la ciudadanía responde con cacerolas y protesta abierta. Ese es el costo político del fracaso castrista: más miseria, más irritación social y menos margen para seguir sosteniendo la mentira oficial.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta