Miguel Díaz-Canel confirmó este viernes que el régimen sostuvo conversaciones recientes con representantes de Estados Unidos, después de semanas de silencio, evasivas y negativas oficiales desde La Habana. La admisión llegó en una comparecencia transmitida por canales oficiales que arrancó de forma inesperada a las 6:30 de la mañana, un horario que reflejó la prisa y el control con que el poder quiso manejar el asunto.
El mandatario presentó esos contactos como parte de la “consistente política” de la llamada Revolución Cubana y aseguró que están dirigidos por Raúl Castro, a quien volvió a describir como “líder de la Revolución”, junto a él mismo y las principales estructuras del Partido, el Estado y el Gobierno. La frase dejó al descubierto quién manda de verdad en Cuba y también cómo se toman decisiones que comprometen al país entero: en la cúpula cerrada del castrismo, lejos de cualquier transparencia o rendición de cuentas.
Durante semanas, las autoridades cubanas evitaron confirmar cualquier acercamiento con Washington e incluso negaron que existieran negociaciones en curso. En contraste, Donald Trump había asegurado públicamente en varias ocasiones que su administración mantenía conversaciones con La Habana y que estas se realizaban con representantes del más alto nivel del aparato castrista. La confesión de Díaz-Canel terminó por desmontar esa línea de ocultamiento.
El propio mandatario no ofreció detalles sobre el contenido de esas conversaciones. Se limitó a hablar de un proceso “muy sensible”, a pedir “seriedad” y “responsabilidad”, y a decir que hacía falta crear espacios de entendimiento para alejarse de la confrontación. Ese lenguaje, tan propio del régimen, sirve para envolver en fórmulas solemnes decisiones que siguen sin pasar por el escrutinio de los cubanos.
La transmisión mostró además varias veces a Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como “El Cangrejo”, nieto de Raúl Castro y jefe de su equipo de seguridad. Su presencia volvió a poner sobre la mesa el peso que mantiene el círculo familiar de los Castro en las decisiones estratégicas del poder cubano y confirmó que la política exterior sigue atada a una guardia leal al clan, no a los intereses de la nación.
La noticia importa porque exhibe el método del castrismo: negar primero, reconocer después y decidir siempre en secreto. En un país hundido en escasez, represión y falta de control ciudadano, una negociación de esta magnitud solo refuerza la lógica de un sistema que administra Cuba como propiedad de una élite y no como una república ante su pueblo.

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