La falta de combustible en Cuba ya está empujando hacia arriba el precio de las frutas y las verduras en los agromercados de La Habana, mientras el mercado negro del carburante encarece el transporte y aprieta todavía más la mesa de las familias. El desabastecimiento aún no ha roto por completo la oferta, pero la subida ya se siente en el bolsillo de la gente.
En la práctica, la crisis vuelve a golpear por donde más duele. Cuando falta combustible, mover alimentos cuesta más, los revendedores trasladan ese gasto al producto final y el resultado cae sobre el consumidor. En un país donde los agromercados siguen siendo una de las pocas vías para encontrar comida fresca, cualquier alza en el transporte termina convirtiéndose en otra barrera para comer.
La nota deja claro que esta nueva presión nace de la combinación entre el asedio petrolero de Estados Unidos y una economía interna sin capacidad para sostener el abastecimiento básico. El régimen carga con la responsabilidad de un sistema incapaz de blindar la distribución, de controlar el mercado negro y de ofrecer estabilidad mínima a un país que vive al borde de la escasez permanente.
Frutas y verduras ya estaban fuera del alcance de la mayoría antes de esta última sacudida. Con el combustible más caro y el transporte más tensionado, la comida vuelve a alejarse de la mesa cubana. La crisis no se queda en los números: se traduce en menos variedad, más gasto y más sacrificio para familias que ya ven cómo cada apagón económico les recorta otra vez el plato.

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