El Convoy Nuestra América ya comenzó a entrar en Cuba con un primer envío de cinco toneladas de insumos médicos desde Europa y la promesa de superar las 20 toneladas de ayuda este fin de semana en La Habana. La operación, impulsada por la Internacional Progresista y apoyada por representantes de al menos 19 países, aterriza en medio de la escasez cotidiana de la isla y con una carga política que sus promotores no han ocultado.
La iniciativa pasó de una flotilla marítima a un convoy global por aire, mar y tierra. Ese cambio de formato no le quitó el sello ideológico: medicamentos, alimentos, voluntarios y una campaña contra el bloqueo de Estados Unidos avanzan en la misma dirección. Para los cubanos, que sobreviven entre faltantes y carencias, la ayuda tiene valor inmediato; para el régimen, la escena vuelve a exhibir la dependencia de una población que el poder ha llevado a mirar fuera de la isla para cubrir lo básico.
Entre los participantes aparecen figuras de peso en la izquierda internacional. Están Jeremy Corbyn, Pablo Iglesias y Clara López, junto con Gerardo Pisarello Prados y David Adler. También figuran Hasan Piker, Chris Smalls y el grupo irlandés Kneecap, una combinación de activismo, política y alcance mediático que convierte la operación en una plataforma con capacidad de amplificación mucho más allá de la entrega de insumos.
A esa lista se suma Cuban Americans for Cuba, una red de activistas cubanoestadounidenses que participará en la distribución de suministros y en actividades en La Habana. Los promotores han insistido en la consigna de “romper el bloqueo”, pero la operación deja otra lectura a la vista: la crisis cubana sirve de telón para una campaña que coloca el foco en Washington mientras el régimen conserva intacto el control sobre la vida interna y sigue administrando la miseria que obliga a depender de ayuda externa.
El dato más incómodo para esa red está dentro de la propia Internacional Progresista. Entre las figuras vinculadas a su consejo asesor aparece Mariela Castro Espín, diputada de la Asamblea Nacional, directora del estatal CENESEX e hija de Raúl Castro. Su presencia revela el doble rasero de una coalición que denuncia sanciones, pero convive sin reparos con una de las caras más visibles del poder en La Habana.
Desde el exilio, la reacción ha sido frontal. Salomé García Bacallao denunció el doble estándar del régimen, que abre espacio a expediciones extranjeras mientras mantiene cerradas las puertas a los cubanos incómodos y a quienes quieren regresar a la Isla. En Miami, ella y otros activistas, entre ellos Ramón Saúl Sánchez y Norges Rodríguez Almiñán, anunciaron acciones públicas y pidieron a Washington una excepción legal para organizar una misión marítima con ayuda humanitaria.
La llegada del convoy confirma una realidad conocida por cualquier cubano: la necesidad de comida y medicinas convive con la propaganda, las alianzas ideológicas y el uso político de la crisis. La ayuda importa, pero el responsable de que la isla dependa de estas operaciones sigue siendo el régimen, que convirtió la escasez en norma y el abandono en paisaje.

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