El régimen acelera excarcelaciones y búsqueda de oxígeno político

La cúpula cubana salió a reconocer contactos con Estados Unidos mientras aprieta la mano dentro de la isla, acelera excarcelaciones y busca tiempo ante una crisis que ya se le salió de control. El movimiento ocurre en medio de la presión por el combustible, el desgaste visible de Díaz-Canel y la respuesta represiva a las protestas de Morón.

Lo que el régimen intenta vender como gestión diplomática revela otra cosa: debilidad. Cada anuncio sobre conversaciones, medidas económicas o supuestas aperturas llega atado a la urgencia de sobrevivir, no a una voluntad real de cambiar el país. La misma dirigencia que hoy posa para la prensa y acepta liberar a 51 reclusos por pedido del Vaticano mantiene encarcelados a presos políticos del 11 de julio y responde con militarización cuando la calle se desborda.

El caso de Morón dejó esa contradicción al desnudo. Mientras un grupo de pobladores incendió la sede del Partido Comunista y otros se plantaron frente a una estación de policía gritando libertad, la respuesta oficial fue represión y despliegue militar en varias provincias. El mensaje del poder sigue intacto: negociar afuera, golpear adentro.

También pesa el manejo del combustible. El permiso a las mipymes para importar carburantes abrió de inmediato el camino para que volvieran a operar agencias como Supermarket 23 y Cubamax, ambas ligadas al aparato militar-empresarial del régimen. Esa ruta confirma quién controla la logística, quién se beneficia y quién termina atrapado en una economía diseñada para sostener al poder antes que para aliviar a la población.

En paralelo, Díaz-Canel intenta atraer capital de cubanos en el exterior con promesas de inversión en sectores productivos de una isla más destruida que hace una década y sin un marco jurídico que proteja a nadie. La jugada apunta a conseguir dinero de la emigración mientras el régimen conserva intacto el control político y las viejas prácticas de expropiación y castigo. Es una invitación a poner recursos en una estructura que nunca ha respetado la propiedad ni los derechos de los cubanos.

La lectura es clara: el castrismo quiere abrir canales con Washington para ganar oxígeno y, al mismo tiempo, cerrar filas contra su propio pueblo. Habla de diálogo cuando lo que busca es tiempo; promete cambios cuando lo que defiende es el mismo aparato que reprime, administra la escasez y convierte cada crisis en una oportunidad para seguir mandando.

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