La Habana volvió a mover su diplomacia en torno a la guerra en Oriente Medio con contactos del canciller Bruno Rodríguez con Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Catar, después de conversar con su homólogo iraní, Abás Araqchí. El régimen cubano aprovechó esas gestiones para reiterar su condena a los ataques de Estados Unidos e Israel y presentarse otra vez del lado de Teherán en medio de la escalada regional.
Rodríguez repitió el libreto habitual de la política exterior castrista: habló de una “grave escalada” provocada por la “agresión” de Washington y Tel Aviv, advirtió sobre consecuencias “impredecibles” para la paz y la seguridad, y apeló al respeto a la soberanía, la integridad territorial, la moderación y el diálogo. El mensaje encaja con la línea que La Habana ha sostenido durante años, con una defensa cerrada de Irán y una retórica que busca peso internacional aunque la isla cargue con su propia ruina interna.
La importancia de este episodio está en lo que confirma: Cuba mantiene relaciones estables y de diálogo político con esos tres países árabes, pero sigue usando su aparato diplomático para tomar partido en conflictos ajenos y repetir consignas de alineamiento ideológico. Mientras la Cancillería dedica tiempo y capital político a esa ofensiva verbal, dentro del país siguen sin resolverse la crisis económica, la escasez y el deterioro de la vida cotidiana que golpean a los cubanos.
El dato de fondo es otro más incómodo para el castrismo: durante décadas, La Habana y Teherán han sido aliados políticos estrechos, y ese vínculo reaparece cada vez que el régimen necesita exhibir lealtades en el tablero internacional. La escena vuelve a dejar claro que el poder cubano prefiere sostener su narrativa antiestadounidense y su cercanía con gobiernos afines antes que concentrarse en las urgencias reales de la población que administra.

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