Cacerolazos y protestas sacuden La Habana por cuarto día

La Habana volvió a escuchar calderos, gritos y tráfico interrumpido en varios barrios, mientras Ciego de Ávila también se sumó a la protesta por los apagones y la desesperación acumulada. La cuarta noche consecutiva de cacerolazos dejó claro que la paciencia de la gente se está rompiendo bajo un sistema eléctrico hundido y un régimen incapaz de ofrecer una salida inmediata.

En La Lisa, la activista Lucinda González confirmó que anoche sonaron los calderos y hubo gente en la calle. Mencionó el área de 81 como uno de los puntos donde la protesta se hizo sentir con fuerza y donde el tráfico llegó a detenerse. En Marianao, la tensión también se desbordó, en una capital donde el malestar ya no se queda encerrado dentro de las casas.

Guanabacoa amaneció con señales visibles de rechazo. Maritza Concepción informó que en Corral Falso aparecieron proclamas en las aceras y que durante la noche se quemaron cestos de basura y se lanzaron botellas. La escena resume el nivel de hartazgo en los barrios habaneros, donde el apagón prolongado y el abandono oficial han convertido cada noche en una provocación.

Los cacerolazos también se extendieron a Miramar, en Playa, y a la calle 64, en Buena Vista, según videos difundidos en plataformas digitales. En una isla sometida a cortes de electricidad de más de 13 horas, la protesta dejó de ser un gesto aislado y pasó a ser la respuesta popular más visible frente a la ruina cotidiana que impone el régimen.

Fuera de La Habana, la presión social se sintió en Ciego de Ávila. En Ceballos, residentes se sumaron a los cacerolazos, mientras un vecino de la zona confirmó que allí los apagones alcanzan unas 12 horas. En Morón, la situación aparece todavía peor: una residente describió cortes casi totales, con apenas 20 o 40 minutos de servicio, como mucho una hora, y un Internet que desaparece o queda a medias durante todo el día.

Ese mismo testimonio deja ver el fondo político de la crisis. La gente ya habla de desesperanza abierta y de un deseo de que el sistema se caiga “sea como sea”. Cuando una población expresa ese nivel de ruptura, no está reaccionando solo a la oscuridad; está respondiendo a años de promesas vacías, control, ruina energética y desprecio oficial por la vida diaria de los cubanos.

El Observatorio Cubano de Conflictos registró en febrero 1.185 protestas y denuncias públicas, un 19,6 % más que en enero. El dato confirma que el descontento no afloja y que la protesta callejera se multiplica al ritmo del colapso económico y social. La isla se acerca a una parálisis total, con falta severa de combustible, apagones récord y un sistema eléctrico ya vencido.

En paralelo, el experto Jorge Piñón advirtió esta semana a Martí Noticias que, si no aparece un arreglo a corto plazo —ya sea con Estados Unidos o por una excepción para Venezuela—, Cuba podría quedarse sin combustible para sostener el transporte y el sistema eléctrico. La advertencia encaja con la escena de estos días: un país al límite, una población cansada y un régimen que sigue administrando la escasez como si todavía pudiera contener el estallido social.

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