Cubano procesado por estafa con falsa cura del cáncer en Argentina

Ernesto Prieto Gratacós, un cubano nacido en La Habana, quedó procesado en Argentina por montar una falsa terapia contra el cáncer que terminó con dos mujeres muertas. El caso, que también alcanza a otros dos acusados, expone hasta dónde puede llegar el fraude cuando se disfraza de ciencia y se vende como esperanza para pacientes desesperados.

Prieto Gratacós levantó una imagen de supuesto experto en salud a golpe de redes sociales. Acumuló cientos de miles de seguidores, se presentó entre tubos de ensayo y pipetas, y atrajo a enfermos que buscaban una salida frente a diagnósticos graves. Detrás de esa fachada, según la Justicia, operaba un consultorio donde se prometían curas imposibles, se cobraban tratamientos sin evidencia y se alimentaba la ilusión de prolongar la vida de personas en estado vulnerable.

El juez Martín Yadarola lo procesó sin prisión preventiva junto a María Victoria Rodríguez Amador y Roberto Álvarez, con un embargo de 20 millones de pesos para cada uno. La investigación, impulsada por la Fiscalía N°27, los señala por estafa a partir de un supuesto tratamiento alternativo que ofrecía recuperar pacientes o extender su expectativa de vida con fórmulas presentadas como científicas, pero carentes de sustento real.

Las víctimas fueron dos mujeres porteñas con cáncer de páncreas y colon. Ambas murieron después de iniciar el pseudotratamiento, que comenzó a mediados de 2019 y costó casi 350 mil pesos entre las dos, con tarifas ajustadas al dólar. Una de ellas había llegado al consultorio tras años de lucha contra la enfermedad, luego de ver al cubano en televisión y confiar en la promesa de una salida distinta a la quimioterapia que ya no le daba resultados.

El expediente deja al descubierto una estafa montada sobre el miedo, la urgencia y la fragilidad de enfermos terminales. El centro donde atendían estaba habilitado como consultorio odontológico, no como clínica oncológica. Allí, según el procesamiento, se ofrecían 35 aplicaciones de un sistema llamado CISA, 30 sesiones de inducción metabólica y un programa de nutrición antineoplástica que se cobraba como si tuviera valor médico real.

La defensa del acusado insistió en que se trataba de una terapia complementaria, pero el daño ya estaba hecho. Después de las denuncias, el Centro de Terapia Metabólica cerró y la querella quedó en manos de los familiares de las fallecidas. La PFA allanó el lugar, aunque los análisis posteriores no lograron aportar certezas médicas concluyentes sobre las sustancias incautadas.

Prieto Gratacós, que llegó a presentarse ante la Justicia como escritor y autodidacta, siguió publicando videos en redes aun después de las denuncias. El caso deja una advertencia brutal: cuando un impostor se vende como salvador y encuentra un público desesperado, el resultado puede ser mortal. La tragedia ocurre lejos de Cuba, pero el rostro del fraude lleva el sello de una isla donde el atraso, la improvisación y el desprecio por la verdad siguen abriendo espacio a charlatanes de toda clase.

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