Un veterano exprofesor cubano volvió a poner bajo la lupa la decadencia de la escuela pública en la isla, marcada por precariedad, pérdida de calidad y adoctrinamiento político bajo el control del régimen.
La denuncia pega en un punto sensible de la vida cubana: la educación, que durante años fue presentada como una de las grandes vitrinas del sistema, aparece hoy arrastrada por el desgaste material y por una carga ideológica que ha ido vaciando el aula de su función principal. Donde debería haber formación, criterio y aprendizaje, el régimen ha consolidado obediencia, repetición y disciplina política.
El testimonio del exprofesor confirma una realidad que miles de familias ya viven en casa y en la escuela. La precariedad no se limita a recursos escasos o instalaciones deterioradas; también se expresa en una enseñanza que pierde rigor y en un entorno donde el contenido político desplaza la preparación real de los estudiantes. Cuando el Estado convierte la escuela en instrumento de control, el daño no se queda en el salón de clases: alcanza a los maestros, a los alumnos y al futuro del país.
La decadencia de la educación pública cubana revela otra factura del modelo castrista. El régimen sostuvo durante décadas un discurso triunfalista sobre la enseñanza, pero la realidad que describe este profesor expone el reverso: aulas debilitadas, maestros desmoralizados y una formación que ya no garantiza la calidad ni la libertad de pensamiento que una sociedad necesita para salir adelante.
Para las familias, el golpe es directo. La escuela estatal dejó de ser refugio de movilidad social y se convirtió en otra extensión de la crisis nacional, con menos capacidad para preparar a los niños y más empeño en moldearlos políticamente. Esa es una de las consecuencias más graves de poner la educación al servicio del poder: una generación criada para obedecer en lugar de pensar.

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