La deuda externa del régimen cubano sigue atrapada en el mismo patrón de promesas, retrasos y opacidad. La Habana y el Club de París acordaron enmendar los términos de los convenios de consolidación firmados en diciembre de 2015 y junio de 2021, según informó el propio grupo de acreedores en un comunicado oficial.
El anuncio habla de una reprogramación con mejores condiciones para que el Gobierno cubano encare sus dificultades económicas y financieras en los próximos años y mantenga viva la relación con los países acreedores. Pero la nota dejó fuera lo esencial: no divulgó montos, calendarios de pago, tasas ni ninguna otra condición concreta. En otras palabras, el régimen obtuvo tiempo, mientras el país sigue sin conocer el precio real de ese nuevo aplazamiento.
La prensa oficial presentó el acuerdo como un alivio de liquidez dentro de un escenario económico desafiante. También repitió la línea habitual de La Habana: atribuir sus apuros al embargo estadounidense y cargar sobre Washington la responsabilidad principal del desastre financiero interno. Esa coartada sirve para esconder lo que ya es evidente dentro y fuera de la isla: la crisis cubana responde al fracaso de un modelo económico controlado por el poder político, incapaz de generar solvencia, confianza ni cumplimiento estable de sus compromisos.
En esa misma cobertura, Ricardo Cabrisas encabezó la delegación cubana y agradeció la “sensibilidad” de los acreedores, así como la comprensión recibida en la mesa de negociación. La narrativa oficial buscó vender la firma como un gesto de reconocimiento hacia el régimen, incluso con elogios al papel de la Unión Europea y de Francia como anfitriona. También insistió en la voluntad de Cuba de honrar sus compromisos y avanzar cuanto antes hacia acuerdos bilaterales.
El problema de fondo sigue intacto: el Club de París está integrado por 14 países y, aun así, la información pública sobre lo acordado permanece cerrada. Sin cifras ni cronograma actualizado, la ciudadanía cubana queda excluida de una negociación que compromete el futuro financiero del país, mientras el régimen administra la deuda con la misma lógica con que administra todo lo demás: sin transparencia, sin rendición de cuentas y sin asumir responsabilidades.
La falta de detalles públicos resulta todavía más grave porque la propia prensa oficial ya había reconocido pagos incumplidos en conversaciones anteriores con los mismos acreedores. El nuevo “reordenamiento” confirma que la deuda cubana no se resuelve; se patea hacia adelante. Y cada prórroga refuerza la imagen de un sistema agotado, dependiente de favores externos y sostenido por una maquinaria política que sigue evitando decirle la verdad al país.

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