La última ruta que sostenía al régimen cubano con petróleo quedó cerrada y la isla entró en una fase de apagón, escasez y parálisis energética que ya golpea aeropuertos, termoeléctricas, hospitales y ciudades enteras. El último cargamento de crudo llegó a La Habana el 9 de enero de 2026 a bordo del Ocean Mariner, con 85.000 barriles procedentes de México. Desde entonces, no ha entrado otro suministro capaz de aliviar el vacío.
La consecuencia es visible en todo el país. Bloomberg, con apoyo de imágenes satelitales, detectó una caída del 50% en la luz nocturna en Santiago de Cuba y Holguín respecto al promedio histórico. En la calle, eso se traduce en más de 18 horas diarias de apagón en algunas zonas, aeropuertos sin queroseno y una economía que depende de un combustible que ya no aparece. El derrumbe energético no llegó por azar: responde a una dependencia construida y administrada por el aparato militar que controla el negocio del combustible en Cuba.
En el centro de ese esquema está GAESA, el conglomerado de las Fuerzas Armadas que domina turismo, logística y la importación de combustibles a través de Cubametales. Durante más de una década, esa estructura sostuvo la vida del régimen con petróleo venezolano, mexicano y ruso, y al mismo tiempo montó una red opaca de empresas fantasma y barcos envejecidos para mover crudo fuera del radar. La flota que antes transportaba la energía del país hoy yace anclada en Matanzas, vacía, convertida en depósito flotante de las últimas reservas.
Los datos sobre esa flota muestran el tamaño de la fragilidad. Se identificaron al menos nueve petroleros operados por GAESA o empresas vinculadas, con capacidad total de 423.584 toneladas de peso muerto y una edad promedio de 22,6 años. Entre ellos figuran el Lourdes, el Sandino, el Petion y el Esperanza, algunos ya sancionados por la OFAC. Los tres mayores cubrían la ruta Venezuela-Cuba y descargaban en Matanzas, La Habana, Cienfuegos y Bahía de Nipe. Cuando ese circuito empezó a romperse, la dictadura se quedó sin respaldo real.
La red para sostenerlo incluía empresas pantalla en Chipre, Panamá, Liberia y Belice, con nombres como Caroil Transport Marine Ltd., Trocana World Inc. y Tovase Development Corp. Ese entramado permitió burlar sanciones, registrar buques bajo banderas ajenas y mover cargamentos mediante transferencias ship-to-ship y apagones deliberados de señal. Fue una ingeniería de evasión diseñada para mantener con vida a un sistema económico centralizado y militarizado que nunca resolvió su dependencia, solo la escondió.
La caída de los suministros dejó al desnudo la verdadera vulnerabilidad del régimen. Cuba importó en 2025 unos 13,7 millones de barriles, pero sigue necesitando alrededor de 100.000 barriles diarios para sostener servicios básicos mientras produce apenas 40.000. Venezuela aportaba entre 27.000 y 35.000 barriles diarios; México enviaba cerca de 17.200; Rusia cubría otra parte del faltante. Esa combinación ya no alcanza. Venezuela recurrió a transferencias opacas, México pausó los envíos y Rusia redujo sus volúmenes. La última arteria se cerró.
La respuesta del Estado fue la misma de siempre: recortes, restricciones y más improvisación sobre la ruina. Semana laboral de cuatro días, resorts cerrados, gasolina solo en dólares, transporte público recortado, escuelas restringidas y hospitales con personal reducido. A la vez, la emergencia energética empuja a la migración y deja a los cubanos otra vez atrapados entre la escasez y el control político. El régimen no protege a la población; administra el colapso.
El incendio en un almacén de la refinería Ñico López y la alerta de la ONU sobre un posible colapso humanitario terminaron de dibujar el cuadro. La crisis ya no se puede maquillar con propaganda ni con promesas de parques solares que no resuelven la falta inmediata de combustible. La economía cubana está agotada, sin crédito, sin aliados confiables y con una flota propia demasiado vieja para sostener por sí sola el sistema.
La flota oscura de GAESA, que durante años funcionó como salvavidas energético de la dictadura, quedó anulada por su propia fragilidad y por la presión externa sobre sus rutas, buques y proveedores. Cuba entra ahora en una etapa en la que el poder militar ya no puede garantizar ni petróleo ni estabilidad. Lo que queda es la evidencia de un modelo que dependió del subsidio ajeno, de la opacidad y del control absoluto para sobrevivir, y que hoy muestra su límite más brutal.

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