Irán puso en marcha un Consejo de Liderazgo interino después de la muerte de Alí Jameneí en una operación militar de Estados Unidos e Israel este sábado. El nuevo esquema reúne al ayatolá Alireza Arafi, al presidente Masoud Pezeshkian y al jefe del poder judicial, Gholam-Hossein Mohseni-Ejei, y deja en manos de tres figuras del sistema la conducción temporal del país mientras se define la sucesión.
La fórmula muestra hasta qué punto la República Islámica intenta cerrar filas en medio de una transición delicada. Arafi encarna la continuidad ideológica, Mohseni-Ejei representa el control judicial y represivo, y Pezeshkian aporta la fachada de una apertura limitada que no altera la estructura real del régimen. El reparto de funciones busca sostener estabilidad interna sin tocar los pilares del poder clerical.
Arafi, nacido en 1959, consolidó su peso dentro del aparato religioso y político tras la llegada de Jamenei al liderazgo en 1989. Desde 2019 integra el Consejo de Guardianes y la Asamblea de Expertos, dos órganos clave en la supervisión legislativa y en la eventual elección del líder supremo. Su cercanía al proyecto revolucionario y su papel en la promoción del chiismo en el exterior lo colocan como una figura de continuidad pura.
Mohseni-Ejei, nacido en 1956, carga con una trayectoria de mano dura en inteligencia y justicia. Fue fiscal del Tribunal Especial del Clero, ministro de Inteligencia en 2005 bajo Mahmoud Ahmadineyad y jefe del poder judicial desde 2021. Organizaciones de derechos humanos lo señalan por su papel en procesos contra disidentes y en la consolidación del aparato represivo, una señal clara de que el régimen no piensa aflojar el control en plena transición.
Pezeshkian, médico y profesor universitario, se movió durante años en espacios reformistas, primero con Mohammad Jatami y luego como ministro de Salud y vicepresidente del Parlamento. Sus críticas a la represión de 2009 le dieron imagen de moderación, pero su margen siempre ha estado dentro del sistema. Su presencia en el consejo sirve para vender una imagen menos áspera hacia afuera, no para desmontar la lógica autoritaria del poder iraní.
El presidente iraní incluso envió en enero de 2026 un mensaje oficial de felicitación a Miguel Díaz-Canel por el aniversario de la Revolución cubana, donde elogió ese proceso y habló de profundizar las relaciones entre ambos regímenes. El detalle refuerza la afinidad entre dos sistemas que se sostienen sobre la concentración de poder, la propaganda y el desprecio por las libertades ciudadanas.
La Constitución iraní prevé que la Asamblea de Expertos, formada por 88 clérigos, elija cuanto antes al nuevo líder supremo. Mientras eso ocurre, el Consejo interino garantiza la continuidad de un modelo que combina religión, coerción institucional y control político. La transición, lejos de abrir una etapa de cambio, protege la maquinaria del régimen mientras decide quién heredará el mando.

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