Los muertos de Venezuela y el privilegio de los Castro

La lluvia cayó suave sobre la avenida de Rancho Boyeros mientras un grupo de personas rendía tributo a los cubanos muertos durante la operación militar de Estados Unidos en Venezuela. Ese ambiente, casi doméstico en su tristeza, dejaba al descubierto una verdad brutal: los que cayeron lejos de casa no pertenecen a la casta que manda en Cuba, ni a los hijos ni a los nietos del poder que ha enviado generaciones de jóvenes a cumplir órdenes ajenas.

En esa lista de 32 muertos no aparece ningún Castro. No está Antonio Castro, siempre asociado a sus privilegios y a sus vacaciones escandalosas en Bodrum, Turquía. No está Sandro Castro, conocido más por la cerveza Cristal rebautizada con burla que por cualquier compromiso real con el sacrificio que el régimen exige a otros. Tampoco figura ningún descendiente de Fidel Castro ni de Raúl Castro, ni un familiar de Miguel Díaz-Canel, ni alguno de sus entenados. Los nombres que se exponen al riesgo, una y otra vez, no salen nunca del círculo blindado que vive a salvo de toda desgracia.

Mientras esos jóvenes murieron en Venezuela, el clan gobernante siguió protegido por la distancia entre su propaganda y su vida real. Ellos no van a misiones peligrosas. No cargan con la miseria de la obediencia ni con el precio de una política exterior que usa a los cubanos como piezas prescindibles. Sus horizontes están en Londres, París o Roma, no en trincheras ajenas ni en escenarios donde se juega la vida por una consigna que no les pertenece.

La escena de Rancho Boyeros revela con crudeza la hipocresía del discurso oficial. El régimen habla de internacionalismo, sacrificio y patria, pero reserva la muerte para los de abajo y la comodidad para los de arriba. En esa ecuación perversa, la patria se invoca como pretexto, mientras los privilegios de la familia gobernante quedan fuera de toda obligación. Los que mandan no van. Los que mandan no caen. Los que mandan siempre encuentran una salida antes de que llegue el peligro.

Por eso el dolor de esos funerales no se agota en la pérdida humana. También deja expuesta la desigualdad moral de un sistema que exige entrega a los cubanos comunes y protege con celo a los hijos del poder. La lluvia fina de aquel día acompañó una despedida amarga, pero también un reclamo de justicia: en Cuba, el sacrificio siempre lo paga el pueblo, nunca la familia Castro.

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