La vedette cubanomexicana Niurka Marcos pidió una intervención de Estados Unidos en Cuba y volvió a exponer el derrumbe que vive la Isla. En una entrevista televisiva, dijo: “Ojalá Estados Unidos intervenga”, aunque aclaró que no quiere una guerra. Su reclamo dejó al descubierto una desesperación que ya no se esconde detrás de discursos oficiales: hay cubanos mirando afuera porque dentro del país el régimen no les ofrece salida.
Marcos describió un país sin luz, sin comida y sin vida. “No hay nada, no hay luz, no hay vida, hay tristeza, hay angustia, hay desespero”, afirmó. También habló de viviendas cayéndose, hospitales sin medicinas y personas tiradas en el piso. Sus palabras retratan una crisis que golpea la mesa, el techo y la salud de la gente al mismo tiempo, mientras La Habana insiste en administrar la miseria como si fuera normalidad.
La artista contó que durante años ayudó a su padre y a otros familiares con envíos mensuales de comida, pero esa ayuda ya no alcanzó. Según relató, su padre le explicó que “ya no hay petróleo” y que ya no podían llevar la comida a la casa. Ese detalle resume el nivel de ruina al que ha sido empujado el país: ni la familia desde fuera logra sostener lo que el Estado ha dejado caer.
Niurka también aseguró que en la calle se escucha el pedido de que alguien salve a los cubanos. Mencionó a Donald Trump como símbolo de esa esperanza desesperada y dijo que esa posibilidad le provocaba “un nudo en la garganta”. El dato importa porque refleja una sociedad llevada al extremo, donde el apagón, la escasez y la angustia han roto cualquier confianza en la capacidad del poder para resolver.
La vedette habló de “67 años de represión” y ligó la miseria actual con décadas de control político, escasez y mediocridad impuestas a la fuerza. También afirmó que el miedo a protestar se ha debilitado porque la crisis alcanzó a todo el mundo. En esa frase queda retratado el costo real del régimen: hambre, silencio forzado y una población que vive entre la supervivencia y el cansancio.
Marcos, nacida en La Habana y radicada desde hace años en México, dejó claro que su distancia no la apartó de Cuba. Dijo que México la acogió, pero que siempre ha sufrido por la represión y la escasez que pesan sobre su gente. Su testimonio se suma a una realidad que el régimen no puede tapar: el país se le cae encima a los cubanos y cada vez más voces, dentro y fuera de la Isla, lo dicen sin rodeos.

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