Donald Trump volvió a poner a Cuba en la mira con un mensaje de tono agresivo y consecuencias abiertas. El presidente de Estados Unidos advirtió que el flujo de petróleo y dinero venezolano hacia La Habana se acabará y lanzó una advertencia directa: el régimen cubano debe alcanzar un acuerdo “antes de que sea demasiado tarde”.
La amenaza llega en medio de una escalada verbal contra La Habana, alimentada por el derrumbe del gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela a manos de fuerzas estadounidenses. Trump no ofreció detalles sobre el tipo de acuerdo que exige ni explicó qué pretende conseguir con esa presión. Su mensaje, sin embargo, deja claro el enfoque: asfixiar a la dictadura cubana por la vía económica y política.
En su red Truth Social, Trump escribió en mayúsculas que ya no habrá “PETRÓLEO NI DINERO PARA CUBA: CERO”. Poco después repitió el golpe político al difundir un comentario en X que sugería a Marco Rubio como presidente de Cuba, al que respondió: “¡Suena bien para mí!”. El gesto confirmó el tono de provocación con que Washington está manejando la relación con la isla.
Más tarde, al hablar con periodistas en el Air Force One, Trump dijo que quería atender la situación de personas expulsadas de Cuba o que, según sus palabras, “salieron bajo coacción”. Tampoco en ese punto aclaró cómo encajaría esa intención dentro de un eventual acuerdo con La Habana. La línea del mandatario sigue marcada por la presión, la amenaza y la incertidumbre.
La economía cubana ya venía golpeada por una crisis brutal: inflación galopante, apagones, escasez de alimentos, medicamentos y combustible. A ese cuadro se suma la dependencia del petróleo venezolano, que La Habana recibe desde hace años como parte del acuerdo heredado de Hugo Chávez. Cualquier corte en ese suministro profundiza todavía más el colapso que castiga a los cubanos de a pie.
Desde La Habana, Miguel Díaz-Canel reaccionó con la retórica habitual del régimen: habló de soberanía, aseguró que Cuba “se prepara” y dijo que está dispuesta a defender la Patria “hasta la última gota de sangre”. Bruno Rodríguez, por su parte, negó que la isla reciba compensación por los llamados servicios de seguridad prestados a otros gobiernos y afirmó que Cuba tiene derecho a importar combustible de los mercados que quieran venderlo.
En la calle, la respuesta fue menos ideológica y mucho más pegada a la realidad cotidiana. Mercedes Simón, jubilada de 65 años, restó importancia a las amenazas y recordó que otros presidentes también han hablado duro sin actuar. Marcos Sánchez, trabajador gastronómico de 21 años, dijo que sería bueno que hubiera algún tipo de relación entre Cuba y Estados Unidos, sin violencia. Regla González, ama de casa de 54 años, expresó temor ante una acción militar y advirtió que las bombas golpean a todos por igual.
Trump volvió además a cargar contra Cuba al insistir en que la isla vivió durante años del petróleo y el dinero de Venezuela, mientras ofrecía “Servicios de Seguridad” a los regímenes de Caracas. También afirmó que muchos de esos cubanos están muertos por el ataque estadounidense de la semana pasada y que Venezuela ya no necesita la protección de los “matones y extorsionistas” que la mantuvieron como rehén. El lenguaje revela una ofensiva más amplia contra la red de alianzas que sostuvo al castrismo durante décadas.
Entre los republicanos que aplaudieron la postura de Trump estuvo Mario Díaz-Balart, quien escribió que el régimen en La Habana enfrenta “el principio del fin” y que la tiranía no sobrevivirá al segundo mandato del presidente estadounidense. La presión externa crece, pero el costo real sigue cayendo sobre el pueblo cubano, atrapado entre la ruina interna y una dictadura que insiste en sobrevivir a golpe de consignas.

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