La historia cubana del último siglo no puede entenderse sin reconocer que la “revolución cubana” se forjó sobre los restos de sus propias víctimas, en muchos casos civiles inocentes. El Movimiento 26 de Julio no fue un movimiento de liberación nacional; fue una organización que empleó el terror como herramienta política en operaciones orquestadas desde Moscú como parte de su estrategia de expansión al hemisferio americano vía la violencia revolucionaria.
El asalto al cuartel Moncada marcó el primer acto terrorista de esta organización que a lo largo del tiempo se convirtió en una tragedia nacional que persiste hasta nuestros días. Estableció un antes y un después en la política nacional, asumiendo la violencia como un recurso legítimo, incluso a costa de la vida humana.
Hoy, Cuba agoniza bajo el peso de siete décadas de terror institucionalizado, y se me hace urgente rescatar la memoria de las primeras víctimas de castrismo. El verdadero duelo nacional no corresponde a los mártires de su propaganda; corresponde a las víctimas inocentes, cuya sangre manchó —desde el primer día— las manos de quienes se proclamaron libertadores, y a los millones de cubanos que aún sobreviven bajo el régimen castrista.
La justicia histórica exige que se nombre al niño de doce años que murió el 26 de julio de 1953. Que se recuerde a los soldados asesinados mientras dormían. Que se honre a los transeúntes, empleados y trabajadores que perdieron la vida en los atentados del 23 de octubre de 1956, que se honren a todos los mártires de la brigada 2506, del remolcador 13 de Marzo, a todos los presos políticos asesinados en las mazmorras castristas y a los que aún resisten desde su sistema carcelario del infierno; que se reconozca, en definitiva, que el proyecto “revolucionario” que ha gobernado Cuba durante más de sesenta años, profesa un profundo desprecio por el valor sagrado del derecho a la vida. Explica —en gran medida— la desgracia nacional que continúa padeciendo el pueblo cubano.

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