El parque de diversiones favorito de mi infancia ya no existe. Se ha destruido, casi como una premonición de su creación fatídica con un nombre fatídico.
Mi parque favorito cuando niño llevaba nombre de asesino, de un ser despreciable, ruin y mezquino.
Pero a mí no me importaba porque no lo sabía.
No lo supe hasta muchos años después.
Todos mencionábamos ese parque, todos íbamos a ese parque. Era un punto de encuentro y de relajación de la familia cubana, de las pudientes y de las pobres, de las que iban en autos propios, de las que iban en autos alquilados, de las que iban en autos de sus empresas, de las que tenían que madrugar, como la mía, para alcanzar una guagua sucia y desvencijada que nos llevara hasta ese lugar situado en las afueras de La Habana.
No había un solo habanero que no conociera el parque, o que lo mencionara.
Era imposible reparar en su nombre, siendo niños, ingenuos, inocentes. Tanto así que lo decíamos una y otra vez porque en la escuela ya habíamos aprendido a quererlo, a escribirlo en los cuadernos, a usarlo como referencia de un mundo feliz y justo, cuando él hizo todo lo contrario.
Por lo general, íbamos los domingos. Mi padre descansaba y podíamos ir todos juntos.
Me encantaba el trencito, el famoso trencito del parque con nombre de asesino.
El deslizador acuático, la estrella, los carritos locos. Ese era mi parque, fue de muchos de nosotros, de nuestros hermanos. Todos de mente sana, llenos de ilusiones, a diferencia del hombre que cegó la vida a un mínimo de 2 millones y a un máximo de 10 millones de seres humanos; y a quien le habían conferido el honor de que un parque infantil llevase su nombre.
Cuando yo corría por sus amplias áreas verdes, jugando con mi hermana o mis padres, o con otros amiguitos hechos ahí a la carrera, no imaginaba que el parque que más me gustaba, y que tanto mencionaba durante la semana, representaba a un ser que provocó entre 5-10 millones de muertos en la hambruna de 1921-1922.
¡Qué iba a imaginar que su represión contra los campesinos ricos, o kulaks, provocaría la muerte de 300 mil-500 mil personas entre 1920 y 1922!
El parque de mi infancia ya no existe.
Ni existen las confituras que vendían.
Ni la risa de los niños. Ni mis padres.
No existo yo en esos recuerdos ni el país que pensé tener.
El parque de mi infancia se esfumó, destruyó y oxidó bajo la misma mano del que lo creó, bajo el mismo sistema que sigue imperando en Cuba con un grado superior de destrucción y oxidación.
Ni siquiera al que nos empujó el nombre del parque, a sabiendas de lo que hizo, le importó su estado físico ni nuestro estado emocional. Su objetivo era tenernos entretenidos mientras él se ocupaba de hundir el país, como mismo hizo el que le daba nombre a mi parque de la infancia.
Mi parque ya no existe.
Y ahora que sé relacionar el nombre del parque con las acciones del hombre siento mayor tristeza, sabiendo que muchos niños, como yo, hijos de esos padres asesinados y masacrados por el hombre del parque que yo mencionaba todas las semanas, no pudieron correr y reír ni hacer amiguitos a la carrera, aunque estos después se fueran en sus autos propios y yo tuviera que volver a la guagua sucia y desvencijada que me llevara de regreso a mi casucha, sin sueños ni esperanza.

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