Hablemos del mercado informal, otra muestra del fracaso del Estado cubano.
A ver, familia, el mercado informal no es un accidente ni una conspiración contra la revolución, es la consecuencia inevitable de un sistema que ha dejado de funcionar.
Cuando el Estado pierde la capacidad de garantizar lo básico, canales seguros para la remesa, acceso estable a divisas, mercados abastecidos, la legalidad se convierte en un obstáculo. Y la vida se reemplaza hacia lo paralelo.
El caso de Julio Mora Caballero, presentado como ejemplo de tráfico ilegal de efectivo, revela más que un delito, revela un síntoma. Lo que el Estado llama crimen es, en realidad, un mecanismo de supervivencia. Las familias reciben ayuda por vías informales no porque quieran violar la ley, sino porque la ley no les sirve.
La cifra movilizada, más de mil millones de pesos en pocos meses, no es prueba de conspiración, sino de necesidad. La narrativa oficial insiste en que estas redes desestabilizan el sistema financiero, pero lo que realmente desestabiliza es la incapacidad del Estado de ofrecer alternativas legítimas.
La economía paralela no compite con el sistema oficial; lo reemplaza allí donde éste ha dejado de ser suficiente, y si el Estado lo criminaliza sin reformarse, no defiende la soberanía, sino su propia impotencia.
El mercado informal es el espejo roto de la revolución, refleja lo que falta, lo que falla y lo que se evade. No hay ética en castigar lo que el propio sistema obliga a hacer. No hay soberanía en controlar lo que no se puede sostener. Y no hay revolución donde la vida depende de lo ilegal para sobrevivir.
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