Confío en el cubano. Confío en su inteligencia, en su capacidad de adaptación, en su talento y en sus ganas de levantar un país distinto. Eso no es nuevo ni excepcional. En todas las generaciones de cubanos ha habido personas preparadas, líderes naturales, gente con visión, carácter y sentido cívico. Cuba nunca ha tenido un problema de falta de talento humano. El problema nunca ha sido ese.
A lo que sí le temo es al régimen cubano. No como una estructura política normal, sino como algo mucho más peligroso y persistente: una bacteria autoritaria que aprende, muta y se adapta. Cada vez que el mundo intenta un “tratamiento” distinto como diálogo, apertura, presión económica o concesiones, el régimen se reconfigura, gana tiempo y regresa más resistente. No desaparece. Se transforma. Cuando reaparece, suele hacerlo con más control, más represión y menos escrúpulos.
Imaginemos por un segundo un escenario irreal pero útil: que mañana mismo la dictadura entregara las armas y renunciara al poder. En ese caso, sí. Entonces vendrían los debates legítimos y necesarios sobre el futuro de Cuba. Anexión, transición, república independiente, modelos económicos, reformas institucionales. Todo eso tendría sentido discutirlo en un contexto de libertad real, sin miedo, sin presos políticos, sin un aparato represivo vigilando cada palabra. Ese debate hoy no existe porque no puede existir.
La realidad es otra. El régimen no cede un ápice de libertad. No negocia de buena fe. No suelta el control. Se atrinchera. Reprime. Miente. Gana tiempo. Simula cambios que nunca llegan. Usa el hambre, el miedo y la emigración como válvulas de escape para mantenerse en el poder. Esperar que esa estructura se transforme sola es desconocer seis décadas de historia.
Por eso, aunque me considero una persona pacifista, creo que es necesario algo más que buenas intenciones, comunicados y esperanza abstracta. Se necesita una fuerza superior y exterior que obligue al régimen a entrar en razón, al menos en lo mínimo. No hablo de venganza ni de caos. Hablo de romper un equilibrio injusto donde el poder armado lo tiene exclusivamente una cúpula que no responde al pueblo.
Con un régimen armado hasta los dientes y un pueblo desarmado y vigilado, no hay negociación posible. No hay transición real. No hay futuro en discusión. Primero hay que desmontar el aparato que impide cualquier cambio. Después, y solo después, los cubanos podrán decidir libremente qué país quieren construir. Sin miedo. Sin bacterias autoritarias reciclándose. Con libertad real sobre la mesa.

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