Cuba: ser o no ser anexada

Hay una idea que algunos repiten con mucha seguridad: que ser anexionista significa matar el orgullo nacional, matar la autoestima de un país, dejar de sentir orgullo de ser cubano. Esa afirmación la hizo recientemente el periodista Juan Manuel Cao, una persona a la que respeto y admiro por su trabajo durante años denunciando a la dictadura cubana como ningún otro. Precisamente por ese respeto creo que también es válido discrepar de él en este punto.

Decir que el anexionismo mata el orgullo nacional parte de una premisa equivocada. El orgullo de una persona o de un pueblo no lo define el estatus político de un territorio. Lo define la identidad, la historia y el sentimiento de pertenencia. Yo mismo soy cubano, vivo en Canadá y tengo ciudadanía canadiense. Eso no me ha quitado ni un gramo de cubanía. No me ha borrado la memoria, ni mi forma de hablar, ni lo que siento cuando hablo de mi país.

Texas perteneció antes a México, y eso tampoco borró la identidad que allí se formó. En ese territorio nació buena parte de la historia del vaquero del oeste, del sombrero vaquero, del caballo, de la cultura ganadera que hoy forma parte del imaginario del oeste norteamericano. Los texanos siguen llevando con orgullo ese estilo de vida, esa cultura y esa identidad propia, aunque formen parte de los Estados Unidos. Como curiosidad, Narciso López, que fue anexionista, se inspiró en la bandera de Texas para diseñar la bandera cubana.

Un hawaiano sigue siendo hawaiano, con su identidad, su cultura y su orgullo, aunque Hawái sea un estado norteamericano. Nadie dice que un hawaiano dejó de ser hawaiano por eso.

Los puertorriqueños tienen ciudadanía estadounidense desde hace más de un siglo y siguen siendo profundamente puertorriqueños. Su identidad nacional está intacta. Su cultura, su idioma, su música y su orgullo siguen vivos.

El ejemplo más cercano para los cubanos está en Miami. Allí existe una de las comunidades cubanas más grandes del mundo. La Calle Ocho, Hialeah, los restaurantes, la música, el idioma, las tradiciones. Todo eso demuestra algo muy simple: el cubano no deja de ser cubano porque cambie el sistema político bajo el que vive. Muchas veces la identidad incluso se fortalece cuando las personas tienen libertad para vivirla.

Por eso la idea de que el anexionismo mata el orgullo nacional confunde dos cosas distintas: identidad con estatus político. Confunde lo que somos como pueblo con la estructura bajo la cual funciona un país.

Ser anexionista no significa dejar de ser cubano. Significa defender una propuesta de futuro para Cuba. Una propuesta política que puede gustar o no gustar, que puede discutirse o criticarse, pero que no define el grado de cubania.

Estoy convencido de que si algún día el pueblo cubano pudiera ir a un referéndum libre y escoger entre la anexión y cualquier otra propuesta de futuro para Cuba, la anexión ganaría de forma abrumadora. Estoy dispuesto a debatir esta posición, en el mejor programa de debate político cubano @Juan Manuel Cao Live

Acerca de Albert Fonse 8 Artículo
Blogger. Creador de @LosMambises @cubadeluto y del Proyecto Cayó Romano. Exiliado. Anexionista 🇺🇸. Periodista y analista político. Libertad para mi hermano Roberto Pérez Fonseca

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