Hay un sueño que no se puede medir en metros cuadrados ni en remesas. Es el sueño de vivir con dignidad, sin tener que pedir favores para lo básico. El sueño de ver a tu hijo crecer sin miedo, sin tener que explicarle por qué no hay leche o por qué su abuela se fue y no volvió.
El cubano sueña con cosas tan simples que en otros lugares parecen derechos: un salario que alcance, un techo que no se caiga, una conexión que no se corte, una comida que no sea un lujo.
Pero también soñamos en grande, soñamos con volver a ver a las familias juntas, con poder elegir sin miedo, con que la creatividad no solo sea una forma de sobrevivir, sino de florecer, con que la alegría no sea solo resistencia, sino celebración.
Y mientras tanto, soñamos despiertos, soñamos en la cola, en la guagua, en la cocina, soñamos con quedarnos, con irnos, con volver, soñamos con un país donde vivir no sea una hazaña. Yeah. Yeah.
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