Miguel Uribe no falleció, lo asesinaron

El 7 de junio de 2025, en un mitin en el parque El Golfito, en Bogotá, un sicario disparó sin piedad contra un joven senador que aspiraba a ser presidente. Tres balas, dos de ellas en la cabeza, apagaron la vida de Miguel Uribe Turbay después de más de dos meses de agonía. Un menor de 15 años fue el instrumento, pero la responsabilidad va mucho más allá.

La verdad es que este crimen no cae del cielo ni es fruto del azar. Es la consecuencia de un ambiente político donde la violencia ha sido históricamente una constante. Y en el centro de ese tormento está Gustavo Petro, exguerrillero, comunista declarado y, además, aliado estratégico del régimen castrista en Cuba, quien ha demostrado que no dudaría en usar la violencia como herramienta política, arrinconando a sus opositores, silenciando voces y eliminando libertades.

Colombia está pagando un precio altísimo. El asesinato de Uribe Turbay revive fantasmas del pasado que muchos creían superados. Un sicario adolescente, cinco cómplices arrestados, un joven de 17 años fugado del sistema de protección. ¿Qué clase de país permite que un niño se convierta en verdugo? El presidente Petro llamó “extraña” esa reducción, pero la verdad es que nadie ha dado una explicación clara. Y no es difícil imaginar la razón.

La historia colombiana está llena de episodios trágicos donde la violencia política se utilizó para acallar a los oponentes. Pero esta vez la herida duele más porque la víctima era un joven que prometía un cambio desde la defensa de la seguridad, la propiedad privada y la lucha contra la corrupción. Valores que hoy parecen estar en peligro bajo la amenza del servilismo petrista al castrocomunismo cubano.

Frente a esta tragedia, la nación entera debe levantarse con firmeza. No se puede permitir que el gobierno de un exguerrillero, que abraza la alianza con un régimen opresor en La Habana, haga oidos sordos a los reclamos de justicia de low colombianos. El asesinato «político» de Miguel Uribe Turbay sucedio bajo su gobierno, y su candidatura constituía la mayor oposición a su gestion populista. El asesinato de Miguel Uribe Turbay es el reflejo de un sistema que ha elegido el camino del autoritarismo y la violencia, mientras los colombianos pagan las consecuencias.

La defensa de la vida, la justicia y el orden constitucional deben ser la prioridad absoluta. Colombia no merece vivir bajo la amenaza constante de balas ni bajo el yugo de ideologías que han llevado al fracaso a otras naciones. Por Miguel Uribe, por todos los que han caído y por quienes aún luchan, es hora de decir basta. La paz verdadera no puede nacer del miedo ni de la complicidad con el mal. El futuro de Colombia está en juego, y no podemos permitir que el comunismo y la violencia sigan destruyéndolo.

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