En el deporte cubano, los sacrificios y las privaciones siempre han corrido por cuenta de los atletas, pero los privilegios han quedado reservados para unos pocos con apellidos de peso. Así lo recordó recientemente el exjugador de Grandes Ligas Kendrys Morales, al rememorar un episodio vivido en 2002 durante una gira del equipo Cuba en Canadá, cuando Antonio “Tony” Castro, hijo de Fidel Castro, fungía como médico de la selección.
Morales contó que, durante los 15 días que duró la estancia, a los peloteros se les entregaron apenas 15 dólares diarios y dos jornadas libres para hacer compras. Con un salario en Cuba que no permitía ahorrar, la mayoría apenas podía adquirir lo básico. En su caso, dijo, solo hubiera podido conseguir algo extra vendiendo su propio uniforme o implementos de juego.
Para Antonio Castro, sin embargo, las reglas nunca fueron las mismas. Amparado por su linaje y conexiones con las más altas esferas del poder, el galeno no conocía de restricciones. Morales recuerda con indignación cómo, en una salida de compras, Castro adquirió un pantalón de 300 dólares como regalo para su novia. “¿De dónde sale ese dinero si ese tipo era un médico?”, cuestionó el expelotero, subrayando la brecha abismal entre el trato a los deportistas y el de quienes ocupaban cargos por vínculos familiares.
El episodio, presenciado por Morales “con sus propios ojos”, se convirtió en un símbolo de la desigualdad y el abuso de poder en el deporte cubano. “¿Cómo voy a estar viendo eso y voy a defender a esa gente? A ninguno de ellos los quiero ver delante de mí. ¿Cómo, si el talento lo tengo yo, van a disfrutar ellos?”, sentenció el exindustrialista, quien jugó 13 temporadas en las Grandes Ligas.
Historias como esta rara vez salen a la luz, pero son parte de un patrón: los atletas, incluso en la élite, eran explotados y controlados, mientras figuras vinculadas al poder político se movían con impunidad y acceso a privilegios inalcanzables para el resto.

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