El miedo a la libertad (Escape from Freedom, 1941), escrito por el psicoanalista y filósofo germano-estadounidense Erich Fromm, explora cómo la ansiedad que provoca la libertad individual y la soledad que esta conlleva puede empujar al ser humano a someterse voluntariamente a nuevas formas de autoridad. Cuando las viejas estructuras de poder se derrumban, el individuo se enfrenta a un aislamiento que puede resultarle insoportable, hasta el punto de renunciar a su individualidad a cambio de la protección de la masa. En lugar de asumir su propio destino, muchos buscan refugio en sistemas que prometen seguridad, dirección y sentido a sus vidas, incluso si ello implica sacrificar su libertad.
El totalitarismo, para Fromm, ofrece la evidencia más clara, y la historia de Cuba encarna este fenómeno con precisión. La farsa revolucionaria de 1959, presentada como la “liberación” de la dictadura de Fulgencio Batista, derivó con rapidez en una dictadura más feroz aún que absorbió la individualidad y convirtió la lealtad política en su centro de equilibrio.
Concentrado en la figura de Fidel Castro y el PCC, el totalitarismo en Cuba se consolidó en la práctica a través de reformas constitucionales, la eliminación de la propiedad privada, de la prensa independiente, el fín de la vida política y la militarización de la vida civil. Pero la narrativa “revolucionaria” no se limitó a justificar estas medidas en términos prácticos: las dotó también de una legitimidad moral que transformó la obediencia en una virtud suprema. Ceder autonomía individual se convirtió en un acto de compromiso político y orgullo patriótico. Posteriormente ese “virtuosismo” revolucionario justificaría las atrocidades cometidas por una mayoria enardecida en su “superioridad” moral, y que terminarís arrasando con todo a su paso.
La destructividad —del castrocomunismo, — también enunciada por Fromm, se materializó primero en los tribunales populares y fusilamientos televisados, en la nacionalización de las empresas mas prósperas de la nación, ahora convertidas en centros laborales socialistas subvencionadas por el estado, y posteriormente en la encarnizada persecución y encarcelamiento de individuos y grupos disidentes —a través de campañas de descrédito, expulsiones laborales, actos de repudio y aislamiento social— que no buscaban únicamente “destruir” al opositor, sino lanzar un mensaje alto y claro: desafiar la autoridad se paga caro.
Sin embargo, el régimen no se limitó a imponer la sumisión por la fuerza bruta; también supo inspirarla. Para mantener la cohesión interna, necesitó la figura constante del enemigo, real o fabricado. Estados Unidos fue convertido en adversario permanente bajo el sello de “imperialismo yanqui”, mientras que dentro de la isla crearon categorías de “traidores” que incluían a disidentes, opositores, artistas independientes, religiosos no integrados, e incluso antiguos funcionarios caídos en desgracia. Sería el antes mencionado “virtuosismo” revolucionario el combustible para la movilización masiva de la mayoría de la población en contra de los enemigos del estado protector.
La conformidad automática, también definida por el autor, se estableció gradualmente en cada rincón de la vida cotidiana. Desde temprana edad, los cubanos fueron adoctrinados en un lenguaje político repetitivo, saturado de lemas, discursos y consignas. A ello se sumó la vigilancia organizada de los CDR a nivel de cuadra, y el acoso constante de los cuadros ideológicos a todos los niveles de la sociedad, en la cual expresar desacuerdo con las políticas oficiales, o el mero hecho de aparentarlo podía resultar fatal para la estabilidad social y laboral de los individuos. En este tipo de entorno social, la sumisión al sistema no es un acto de fe, sino uno de supervivencia.
El miedo, conclusivo para Fromm, ha sido en efecto el hilo conductor, protagonista y vehículo para la consolidación del entramado castrista. No se trata únicamente del miedo a la represión física, al presidio político o a la muerte, sino a la zozobra constante de perder el derecho a la educación de tus hijos, a obtener un empleo digno o un sustento económico decoroso; miedo a ser marginado socialmente y a quedar “fuera del sistema” en un país donde el régimen controla todos los aspectos de la vida. Este miedo, cultivado durante décadas ha sido el responsable de una formación de masa colectivista y nepotista, que ostenta una obediencia ovejuna a las estructuras de poder.
A pesar de todo, la resistencia segun Fromm no puede ser totalmente erradicada. El Maleconazo de 1994 fue un estallido espontáneo durante el “Período Especial” que conmocionó el país y al resto de los cubanos en el mundo, e igualmente el 11 de julio de 2021, miles de cubanos en distintas ciudades rompieron la barrera del miedo y desafiaron el monopolio estatal del espacio público, esta vez ante el mundo entero gracias a la internet y las redes sociales. Pero históricamente numerosas organizaciones de oposición, manifestaciones de rebeldía, y protestas públicas aisladas han encarnado aquella “libertad positiva” que Fromm consideraba esencial: la capacidad de un individuo de actuar por convicción propia, asumiendo riesgos y responsabilidades sin pedir permiso.
Más de seis décadas han transcurrido desde el triunfo castrista, y Cuba continúa atrapada en el dilema descrito por Fromm como Miedo a la Libertad. La mayoría se pliega al poder del estado totalitario; una minoría lucha por liberarse de este. Pero la verdadera liberación no vendrá únicamente de cambios políticos o económicos, sino de la ruptura con el patrón de entregar la libertad individual a cambio de la protección de la mayoría. Ese es el verdadero desafío, porque exige enfrentarse no solo al poder que oprime, sino al reto de alcanzar el poder propio. En fín, a perder el miedo.

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