En los años sesenta, con la excusa de acabar con el “latifundio”, el castrismo expropió todas las tierras privadas y prometió entregarlas a los campesinos.
Lo que siguió fue la estatización total de la agricultura, la destrucción de estructuras productivas y la imposición de un monopolio estatal que ha condenado al campo cubano a la improductividad crónica. Hoy, en un acto de hipocresía y amnesia histórica, los mismos funcionarios que arrebataron la tierra a sus legítimos dueños claman por la “restauración” de grandes lotes entregados a individuos con dinero, bajo la justificación de aumentar la producción nacional de arroz.
El vicepresidente Salvador Valdés Mesa reconoció en Cienfuegos que ya se están otorgando 50 y hasta 60 hectáreas a personas con recursos financieros y maquinaria propia, con la esperanza de revertir la dependencia de las importaciones. El gobierno destina más de 400 millones de dólares anuales para comprar arroz en el extranjero, mientras en la isla apenas se produce un 11% de lo que consume la población.
Los discursos sobre “soberanía alimentaria” chocan con la dura realidad: sequías, falta de electricidad, ausencia de insumos y precios desorbitados que reflejan la crisis estructural. En Cienfuegos, por ejemplo, en 2023 se cosecharon solo 10,000 toneladas, la mitad de lo necesario para abastecerse. Mientras tanto, la libra de arroz en el mercado informal alcanzó los 340 pesos en La Habana en mayo y se mantiene por encima de los 200 en buena parte del país.
La paradoja es evidente: el castrismo desmanteló hace seis décadas el modelo agrícola privado y ahora intenta resucitarlo, otorgando tierras y privilegios a inversionistas nacionales y extranjeros. Empresas de Vietnam y Rusia ya controlan extensas áreas en usufructo, con proyectos que priorizan cultivos para la exportación, mientras el pueblo cubano sigue haciendo colas interminables para conseguir la ración de arroz de la libreta.
El plan de rescate agrícola de régimen es en realidad una confesión de fracaso. Tras seis décadas de monopolio estatal, el campo cubano está devastado y los dirigentes vuelven al mismo esquema que destruyeron, confirmando que la promesa de la reforma agraria fue solo una máscara para consolidar el control absoluto de la tierra y del pueblo.

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