El médico, opositor, expreso político y Medalla Presidencial de la Libertad Óscar Elías Biscet publicó este domingo un artículo de opinión en USA Today en el que lanzó un contundente mensaje al público estadounidense: dejar de romantizar la Revolución Cubana y de justificar al régimen que, desde hace más de seis décadas, reprime las libertades fundamentales de los cubanos.
A continuación reproducimos la traducción de su artículo.
Les escribo desde La Habana, iluminado por la luz tenue de un viejo farol porque, una vez más, no hay electricidad. A principios de mayo, el gobierno reconoció lo que todos los cubanos ya sabían: el país se ha quedado sin combustible para mantener encendidas las luces. Esta es la peor crisis que he visto en décadas, y he sido testigo de muchas.
Quiero dirigirme a quienes, en Estados Unidos, han pasado años creyendo que la Revolución Cubana fue una causa noble. Muchos de ustedes son personas de conciencia. Marcharon por los derechos civiles y se opusieron a guerras que consideraban injustas. Observaron la pobreza que afecta a gran parte de América Latina y pensaron que Cuba, pese a sus dificultades, había escogido un camino mejor: ese camino idealizado por la imagen del Che Guevara estampada en camisetas y pancartas de protesta, incluso mucho después de que la revolución se volviera cada vez más represiva.
Pasé más de once años en prisiones cubanas. No por cometer ningún acto de violencia. Fui encarcelado porque, siendo médico, me negué a guardar silencio sobre bebés que morían tras abortos tardíos. Colgué la bandera cubana al revés —la señal marítima internacional de una embarcación en peligro— porque creía que mi país se encontraba precisamente en esa situación. Me reuní con otros cubanos que deseaban expresar libremente sus ideas. Por todo ello, pasé años recluido en una celda de aislamiento que podía cruzar en apenas unos pasos.
Cuando finalmente me liberaron, casi todos dieron por hecho que abandonaría el país para siempre. Me negué. No podía dejar a mi pueblo entregado a la desesperanza. Después de haber levantado la antorcha de la libertad —una luz de esperanza para mis compatriotas oprimidos— no podía apagarla ni abandonarla ante quienes anhelan la libertad.
Quizás se pregunten cómo es posible que hoy tenga la libertad de escribir estas palabras. La verdad es que hacerlo constituye un acto de desafío propio de un hombre libre. La policía política continúa vigilándome de cerca y me detiene con suficiente frecuencia para recordarme el mensaje. Parte de mi protección actual proviene de la solidaridad de muchas personas comprometidas con la democracia fuera de Cuba. Por eso, su atención y su interés son tan importantes.
No les pido que odien a mi país. Les pido que dejen de justificar a quienes lo gobiernan.
Ellos han encarcelado a miles de cubanos, muchos de ellos por el simple hecho de salir a las calles a pedir alimentos y exigir voz en las decisiones que afectan sus vidas. El régimen ha logrado mantenerse durante tanto tiempo, en parte, porque numerosos admiradores en el extranjero prefirieron aferrarse al romanticismo de la revolución antes que reconocer la realidad evidente de la represión y los fusilamientos.
En Cuba se puede ir a prisión por expresar una opinión. Los periodistas que no trabajan para el Estado son hostigados y arrestados. Las familias hablan en voz baja incluso dentro de sus propios hogares, sin saber quién puede estar escuchando. Cuando miles de cubanos salieron a las calles en 2021 para reclamar libertad, el gobierno respondió con detenciones masivas y severas condenas de prisión. Aquellas personas no eran traidores ni agentes extranjeros. Eran cubanos comunes que simplemente habían perdido la esperanza.
Durante más de seis décadas, los defensores de la revolución han atribuido todos los problemas de Cuba a un único culpable: el embargo estadounidense. Pero el embargo no obligó al gobierno a prohibir todos los partidos políticos excepto el suyo, ni a encarcelar a los disidentes, golpear a manifestantes pacíficos o permitir que quienes están en la cúpula del poder vivan con privilegios mientras el resto de la población hace largas colas para conseguir pan o aspirinas. Esas fueron decisiones tomadas por los gobernantes cubanos.
¿En qué otro país defenderían ustedes a un gobierno que encarcela periodistas, silencia sacerdotes, permite votar únicamente por candidatos aprobados por el partido gobernante y luego descarta cualquier crítica culpando a un enemigo extranjero? Jamás aceptarían semejante comportamiento de un gobierno que les desagrada. Les pido que tampoco lo acepten de uno que admiran.
Juzguen a un país con una prueba sencilla: ¿puede una persona común expresarse libremente, practicar su fe y vivir sin miedo? Según ese criterio, la revolución fracasó hace mucho tiempo. Hoy, la mayoría de los jóvenes cubanos sueña con una sola cosa: marcharse del país. Y millones ya lo han hecho.
Recuerden también que los cubanos no somos piezas dentro del debate ideológico de otros. Somos seres humanos, con el mismo deseo de vivir dignamente que tienen ustedes. Demasiados extranjeros observan esta isla y ven únicamente una causa política, una oportunidad de negocios o una pieza estratégica. Pero Cuba es nuestro hogar, no una teoría.
Nuestro futuro no debe ser decidido por quienes nos oprimen, ni entregado a actores externos que contemplan nuestro sufrimiento como una oportunidad para obtener beneficios políticos o económicos. Queremos lo mismo que cualquier otro pueblo: expresar nuestras opiniones, practicar nuestra religión libremente y elegir a nuestros propios gobernantes.
Aprendí mis convicciones políticas de Martin Luther King Jr. y Mahatma Gandhi, no de generales ni de caudillos. Cuba no sanará mediante el odio ni la venganza. El cambio llegará a través de la conciencia, del espíritu cívico y del valor de los cubanos para volver a hablarse con honestidad.
Esta noche escribo en la oscuridad, con motivos de sobra para rendirme. Pero no lo haré. Cuba será libre, y los cubanos trabajamos cada día para alcanzar esa liberación. Cuando llegue ese momento, espero que ustedes sean recordados no como amigos que admiraban a nuestros carceleros desde una distancia segura, sino como amigos que tuvieron el valor de decir la verdad cuando más importaba.
Apareció primero en USA Today

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