La economía cubana lleva años apagándose, y las cifras de 2024 no dejan espacio a las dudas. El azúcar, que alguna vez fue el emblema nacional, se ha desplomado un 46,7 %. Las tierras del campo cubano, cada vez más secas y vacías, rinden hoy un 20,5 % menos en agricultura, mientras la pesca, otrora sustento de pueblos enteros, cae un 22,4 %. No se trata solo de porcentajes: son centrales cerrados, redes rotas, cosechas perdidas y familias enteras sin trabajo.
La energía eléctrica, el agua potable y el gas —necesidades mínimas para cualquier hogar— se distribuyen hoy con un 10,6 % menos eficiencia. En las aulas, hay menos profesores y más sillas vacías: la educación perdió un 9,9 % de su actividad. Y detrás de cada caída, se esconde una fractura social. La salud, la innovación científica, la seguridad pública: todos estos pilares están en retroceso, como si el país caminara hacia atrás.
Incluso cuando algunas cifras parecen positivas —como el aumento del 9,7 % en transporte y comunicaciones— el propio economista Mauricio de Miranda advierte que detrás de estos números puede esconderse un espejismo: lo que crece es el negocio en divisas de la estatal ETECSA, no los ómnibus que deberían mover a los cubanos. Mientras tanto, los ingresos públicos se malgastan: más de una cuarta parte de la inversión nacional fue a parar a servicios inmobiliarios, un sector que apenas avanzó un 0,7 %.
Desde 2019 hasta hoy, el Producto Interno Bruto ha caído, en promedio, casi un 2 % cada año. Seis años de deterioro constante. Como si la nación entera estuviera atrapada en una cinta que la lleva hacia atrás: el azúcar cayó un 25 %, la pesca un 15 %, la agricultura casi un 15 %, y la industria manufacturera cerca de un 10 %. Ni la ciencia ni la salud ni la educación escaparon al declive.

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