La cuna del castrismo: peligro de derrumbe

En el número 49 de la calle José de Emparán, en el centro de la Colonia Tabacalera, se levanta una casa porfiriana que el tiempo ha reducido al silencio. Sus muros desconchados, sus techos carcomidos por la humedad y sus puertas clausuradas no remiten al olvido casual de una vieja propiedad citadina. Esa casa, hoy vacía y sin resguardo patrimonial, fue el escenario del primer encuentro entre Fidel Castro y Ernesto Guevara en julio de 1955. De aquella reunión surgió la alianza que dio forma a una de las dictaduras más prolongadas del continente.

Lo que allí se selló no fue un pacto por la libertad de Cuba, sino el inicio de un proyecto autoritario que la arrastraría por más de seis décadas de represión política, censura sistemática y éxodos masivos. El estado actual del inmueble es el vivo reflejo de la descomposición moral y material de la narrativa revolucionaria que ni la historia ni el tiempo han perdonado ni perdonarán nunca.

Durante años, el lugar funcionó como local comercial sin vínculo alguno con su pasado. Nadie lo promovió como sitio de memoria ni hubo intento institucional de preservarlo. En contraste con la mercantilización global de la imagen del Che, que decora vitrinas y camisetas, el sitio donde comenzaron sus planes permanece sin visitantes, sin placas visibles, sin interés oficial. La llamada “banca del Che y Fidel”, instalada en la acera sin autorización y retirada por orden judicial, fue apenas una intervención estética que no logró ocultar las grietas del relato.

Una pequeña placa conmemorativa, colocada discretamente en 2014, permanece allí, ignorada por transeúntes y autoridades. El simbolismo no requiere énfasis: la cuna ideológica del castrismo está clausurada, invisible, corroída. Lo que alguna vez fue presentado como la génesis de un movimiento revolucionario, hoy es una ruina sin historia.

México ha exaltado durante décadas su papel de país receptor de exiliados y revolucionarios, pero raramente interroga el precio moral de haber servido de plataforma para el ascenso de un régimen que aún encarcela opositores, prohíbe partidos y silencia a la prensa independiente.

La cuna del castrismo está clausurada. Ningún joven revolucionario se forma allí, ningún peregrino la visita. Esa es, quizás, la metáfora más precisa del legado castrista: el vacío, el abandono, la clausura. No hay sepultura más elocuente para una ideología que el lugar de su nacimiento.

Fotos: Facebook/Federico Wilkins

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