Elías Henoc Permut cargó su historia familiar contra el castrismo al denunciar que dos parientes suyos fueron asesinados por fuerzas ligadas a Fidel Castro durante los primeros meses de la Revolución. Su testimonio, ofrecido en una entrevista para México desde Adentro de The Epoch Times, retrata una de las consecuencias más duraderas del poder comunista en Cuba: el miedo heredado por generaciones enteras.
Permut aseguró que su abuelo, Domingo Montejo Permut, y su tío abuelo, José Montejo Permut, pertenecían al Ejército de la República y murieron en hechos distintos ocurridos entre finales de 1958 y principios de 1959. Desde su relato, ambos casos quedaron marcados por la violencia contra antiguos militares y por la ausencia de garantías cuando el nuevo poder se impuso en la isla.
Sobre su abuelo, el poeta explicó que era cabo de la Guardia Rural y estaba al frente de la vigilancia del acueducto de Ciudad de Ávila cuando avanzaron las columnas rebeldes. Dijo que uno de los soldados bajo su mando desertó para sumarse a los revolucionarios y otro logró escapar, de modo que Domingo Montejo Permut quedó solo frente al grupo insurgente.
Según su versión, los rebeldes le pidieron que se rindiera, pero él rechazó esa salida porque consideraba que debía cumplir el juramento hecho como militar. Permut recordó esa decisión como una muestra de lealtad a la bandera y sostuvo que su abuelo murió en combate el 1 de octubre de 1958. En su descripción, fue abatido a ráfagas de ametralladora.
El segundo episodio que arrastró a la familia fue el de José Montejo Permut, detenido después del triunfo revolucionario y ejecutado sin juicio, de acuerdo con lo narrado por Permut. El artista afirmó que los nuevos mandos actuaban así contra antiguos militares del Ejército de la República: capturas, traslados a lugares de ejecución y fusilamientos sin proceso judicial.
Antes de morir, añadió, José Montejo Permut rechazó que le vendaran los ojos o le ataran las manos. La frase que le atribuye —»Mátenme (…) comunistas, no les tengo miedo»— quedó como parte de la memoria oral de su familia, una memoria atravesada por el trauma y el silencio.
Permut sostuvo que esas muertes dejaron una huella profunda y que el parentesco con personas vistas como opositoras al nuevo régimen provocó décadas de temor. Dijo que ese miedo no quedó encerrado dentro de la isla: también alcanzó a familiares en el exilio, algunos de los cuales le pidieron no aparecer en la investigación por temor a consecuencias relacionadas con esa historia.
El poeta agregó que él mismo salió de Cuba antes de ser detenido, después de enfrentar persecución de la Seguridad del Estado por su activismo y sus críticas al régimen. Su testimonio enlaza pasado y presente: la violencia fundacional de 1959 y el aparato represivo que, décadas después, sigue castigando la disidencia y empujando al exilio a quienes no aceptan callar.
Al final, Permut defendió la necesidad de preservar la memoria de su abuelo y de su tío abuelo. En un país donde el poder ha intentado imponer una versión única de la historia, ese gesto vuelve a poner sobre la mesa lo que el castrismo ha querido borrar: que su proyecto político también se levantó sobre fusilamientos, persecución y familias partidas por el miedo.

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