La tierra tembló, pero Venezuela ya estaba rota

Las cifras todavía cambian, se contradicen, suben con cada hora y con cada bloque levantado. Se habla de cientos de muertos, de miles de heridos, de decenas de miles de desaparecidos según estimaciones humanitarias no confirmadas del todo, de familias enteras que siguen llamando nombres frente a montañas de concreto. Pero en Venezuela las cifras siempre llegan tarde al dolor. Antes que el número está la voz: “¡Mamá, estoy aquí!”, “¡Mi hijo quedó adentro!”, “¡Silencio, silencio, oímos algo!”. Y luego, como un animal cansado, vuelve el ruido de la máquina, cuando hay máquina; o el de las manos, cuando sólo quedan manos.

La Guaira, tan acostumbrada a mirar el Caribe como quien mira una promesa, aparece ahora herida de costa a costa. Catia La Mar, Caraballeda, Maiquetía: nombres que antes olían a sal, a malecón, a arepa de madrugada, a regreso de emigrantes, a los que partieron exiliados, hoy huelen a cemento roto, a hospital rebasado, a agua que no llega, a electricidad que se va justo cuando más se necesita una luz para encontrar vida. En Caracas, la ciudad que aprendió a vivir entre pendientes, antenas y sobresaltos, hay edificios abiertos como frutas podridas, balcones colgando en el aire, vecinos durmiendo en plazas por miedo a que otra réplica termine lo que empezó la primera sacudida.

Y sin embargo, lo más terrible no es sólo el terremoto. Lo más terrible es que el desastre encontró al país ya exhausto. Encontró hospitales castigados por años de precariedad socialcomunista, ambulancias insuficientes, barrios construidos sobre la urgencia y no sobre la seguridad, familias que no tenían reserva de agua, ni botiquín, ni techo alternativo, ni dinero para huir a ninguna parte. El sismo no inventó la vulnerabilidad: la reveló, la puso en relieve. La sacó del fondo de los expedientes, de los discursos oficiales, de los diagnósticos ignorados, y la puso ahí, bajo el sol, con nombre y apellido, con una abuela sentada sobre una maleta polvorienta, con un niño preguntando por su perro, con un hombre removiendo piedras hasta sangrarse las uñas; un recién nacido salvado, un niño con una pierna rota sin su madre “dormida”, otra bebé que describe que vivía en el piso ocho, y que sus padres y sus abuelos ahora “duermen”. Hace rato no lloraba tanto.

Venezuela duele porque no se cae por primera vez. Venezuela lleva años cayéndose de a poco: una cornisa de derechos aquí, una pared de instituciones allá, una escalera de futuro que se vino abajo cuando millones tuvieron que irse con la patria doblada y empacada en corazones. Pero ahora el derrumbe es literal, obsceno, visible. Ya no se puede maquillar con cadenas de televisión ni con palabras de yeso. La ruina está en las calles. La ruina tiene polvo en el cabello. La ruina grita debajo de una losa.

Desde fuera, los venezolanos de la diáspora miran las pantallas con esa culpa que no se cura: la culpa de estar a salvo mientras la casa madre tiembla; la culpa de tener señal, cama, comida caliente, mientras alguien en La Guaira marca un número que nadie contesta. En Madrid, Miami, Bogotá, Lima, Buenos Aires, Santiago, hay teléfonos encendidos toda la noche. Hay mensajes que empiezan con “¿sabes algo de…?” y terminan en silencio. Hay grupos familiares donde cada visto sin respuesta se vuelve una pequeña tumba. El exilio, que ya era una forma de duelo, se convierte de pronto en sala de espera de un hospital a oscuras.

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Acerca de Zóe Valdés 29 Artículo
Editor Jefe Asociado en Opinión Cubana. Escritora y artista cubana e hispano-francesa. Nacida en La Habana, Cuba, 1959. Caballero de las Artes y Letras en Francia, Medalla Vermeil de la Ciudad de París. Fundadora de ZoePost.com y de Fundación Libertad de Prensa. Fundadora y Voz Delegada del MRLM. Ha recibido numerosos reconocimientos literarios y por su defensa de los Derechos Humanos.

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