Dale vamo pa’llá… silencio vieja!
La mayoría de los que gobiernan, en realidad, no son valientes, son unas ratas. Temerosos. Temen perder el control, temen ser juzgados, temen que el pueblo algún día se levante. Y digo se levante porque lo tienen de rodillas.
Ahora, en lugar de enfrentar ese miedo, lo convierten en represión. El poder se vuelve entonces una armadura. Mientras más lo ejercen, menos tienen que rendir cuentas. Existe un fenómeno bastante conocido como “disonancia moral”, que es cuando alguien hace daño, pero necesita seguir creyendo que es bueno.
Es entonces que empieza a justificar sus actos como necesarios, por el bien común, por la estabilidad, y es justamente así como se construye el cinismo institucional: no porque no sepan que están haciendo daño, sino porque ya no pueden aceptar la verdad sin antes destruir su propia imagen.
En sistemas de este tipo, (cerrados), donde el poder no se comparte ni se cuestiona, y sí, estoy hablando de Cuba, la empatía se vuelve entonces un estorbo. Sentir lo que siente el otro sería admitir que el modelo, tu modelo, está fallando. Por eso aprenden a mirar al pueblo como masa, no como personas. Y cuando se pierde así la ética, es cuando dejan de cuidarte para comenzar a controlarte.
Esta gente gobierna para sostener su poder. No creas ni por un segundo que les importa tu vida. Y si te preguntas, ¿por qué carajo no cambian? Ah, no lo hacen porque cambiar implicaría reconocer que han fallado. Y eso te lo prometo, para muchos es peor que el sufrimiento de todo un pueblo. A tal punto que prefieren ser odiados que vulnerables. Prefieren seguir manteniendo la vieja y gastada historia del héroe incomprendido que tener que aceptar lo que en realidad son: una mafia que trafica con el sufrimiento de un pueblo.
Muchas gracias.
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