Jeb Bush puso a Cuba en el centro de una advertencia de seguridad en Miami al afirmar que en la isla habría unos 300 drones Shahed-136 de origen iraní. La versión salió en un acto de United Against Nuclear Iran, con uno de esos aparatos exhibido frente al público, y Bush la usó para señalar una amenaza directa para Estados Unidos mientras elogió a Donald Trump por haber golpeado la capacidad militar de Teherán.
La denuncia no puede leerse como una simple alarma política. Si esos drones están realmente en manos del régimen cubano, la isla quedaría convertida en una plataforma útil para el enemigo de Washington y, al mismo tiempo, en otro punto de tensión fabricado por La Habana. Un país hundido en apagones, escasez y abandono terminaría cargando además con un componente militar que nada resuelve para los cubanos y todo complica para la seguridad regional.
En el mismo evento, Bush insistió en que Estados Unidos tiene medios para defenderse y que no buscaba sembrar pánico. Pero mantuvo el foco en el riesgo: esos drones, baratos y efectivos, han sido usados por Irán en distintos conflictos y también han llegado a Rusia para la guerra contra Ucrania. El mensaje fue claro desde el podio: la tecnología que hoy se presenta como herramienta de guerra puede terminar instalada cerca del territorio estadounidense con la complicidad del castrismo o, como mínimo, bajo su sombra y su silencio.
El congresista Carlos Giménez reforzó esa lectura al definir los Shahed como un “arma de terror” y describirlos como parte del futuro de la guerra. Mark Wallace, exembajador ante la ONU y director ejecutivo de UANI, fue todavía más duro al calificarlos como una de las armas más extendidas del conflicto moderno y al recordar que han golpeado a aliados de Washington y a tropas estadounidenses en varios frentes.
Detrás de esa advertencia queda expuesto un rasgo conocido del régimen: convertir a Cuba en pieza de ajedrez para intereses ajenos mientras el país se derrumba por dentro. La opacidad oficial, el control sobre la información y la vocación de alianza con actores hostiles colocan otra vez a los cubanos en el peor lugar posible: el de una población sin luz, sin recursos y atrapada también en las apuestas geopolíticas de una cúpula que sigue jugando con la isla como si fuera moneda de cambio.

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