De universitario a motorista: retrato de la crisis laboral

Cinco años de estudios universitarios terminaron convirtiéndose en un diploma sin salida laboral para Ernesto, un joven graduado de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas que hoy obtiene sus ingresos transportando pasajeros en una motorina. Su historia resume la realidad de miles de profesionales que, ante los bajos salarios estatales y la falta de oportunidades, han abandonado las ocupaciones para las que fueron formados.

El testimonio, difundido en redes sociales, vuelve a poner sobre la mesa la creciente desconexión entre la educación superior y el mercado laboral en Cuba. Mientras el régimen continúa defendiendo la formación universitaria como uno de sus principales logros, cada vez son más los graduados que encuentran en la economía informal la única alternativa para sostener a sus familias.

Ernesto explica que nunca imaginó que terminaría viviendo del transporte de pasajeros. Sin embargo, los ingresos que ofrece un empleo estatal distan mucho de cubrir el costo de la vida, por lo que decidió utilizar su motorina para generar recursos.

La actividad tampoco está exenta de dificultades. Los prolongados apagones que afectan al país limitan la posibilidad de recargar el vehículo eléctrico y reducen considerablemente sus jornadas de trabajo. Según relata, en numerosas ocasiones ha perdido días completos de ingresos porque no dispone de electricidad para cargar la batería.

A ello se suman los frecuentes inconvenientes durante los recorridos. En varias ocasiones ha quedado varado lejos de Santa Clara por falta de carga, una situación que atribuye directamente al deterioro del sistema eléctrico nacional.

Su caso refleja un fenómeno cada vez más extendido entre los jóvenes profesionales. La diferencia entre los salarios estatales y los ingresos que pueden obtenerse mediante actividades privadas o informales ha provocado que numerosos graduados abandonen sus especialidades para dedicarse al transporte, el comercio o pequeños negocios particulares.

Diversos informes oficiales han reconocido en los últimos años la creciente insatisfacción entre los egresados universitarios y el aumento del número de jóvenes desvinculados tanto del estudio como del empleo formal. Al mismo tiempo, especialistas han advertido sobre la pérdida constante de capital humano, impulsada por la emigración y la falta de incentivos económicos para ejercer profesiones altamente calificadas.

La crisis energética ha agravado todavía más este escenario. Los déficits de generación eléctrica mantienen apagones de muchas horas en amplias zonas del país, afectando tanto la actividad económica como el funcionamiento cotidiano de miles de trabajadores por cuenta propia que dependen del suministro eléctrico para desarrollar sus actividades.

En ese contexto, historias como la de Ernesto dejan de ser casos aislados para convertirse en el reflejo de un problema estructural: una economía incapaz de absorber a los profesionales que forma y un sistema productivo que ofrece pocas oportunidades para quienes aspiran a vivir de la profesión que estudiaron.

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