Los hoteles vacíos de Varadero y las calles sin extranjeros en La Habana Vieja ya dejaron de ser una imagen aislada: el turismo en Cuba se ha desplomado y arrastra a trabajadores estatales, emprendedores y familias que viven de ese movimiento. La caída del sector, una de las principales fuentes de divisas del país, está dejando ingresos congelados y negocios paralizados en varias zonas de la isla.
Entre enero y mayo, Cuba recibió 359.491 turistas internacionales, un 58 % menos que en igual período del año anterior. Esa contracción llega después de un 2024 ya desastroso y confirma que el sector sigue hundido en una crisis profunda. La presión estadounidense desde enero aceleró el golpe: redujo vuelos por la falta de combustible y empujó a varias cadenas hoteleras extranjeras a recortar o abandonar operaciones ante el temor a sanciones secundarias.
El impacto alcanza de lleno a la red hotelera. Cerca de un tercio del inventario nacional y casi la mitad de las habitaciones bajo gestión extranjera resultaron afectadas por la salida total o parcial de compañías como Meliá, Iberostar, Blue Diamond y Archipelago International. Aunque los hoteles siguen siendo de propiedad estatal, la operación diaria dependía de esos acuerdos con firmas foráneas, otra muestra de la fragilidad de un modelo que el régimen ha vendido durante años como motor de desarrollo y que hoy exhibe su desgaste más crudo.
El economista Ricardo Torres calcula que entre 20.000 y 30.000 trabajadores están directamente afectados. En Cuba, cuando una actividad se detiene, la ley contempla la figura del trabajador interrupto y promete reubicación antes de cualquier suspensión salarial, pero en la práctica la protección real es limitada. Incluso el Decreto 149/2026, que autoriza de forma excepcional un pago equivalente al 60 % del salario básico diario desde el segundo mes de interrupción, choca con una realidad conocida por cualquiera que trabaje en el sector: el ingreso formal es apenas una parte pequeña de lo que realmente se gana.
El salario estatal promedio se ubicó en 2025 en unos 6.930 pesos mensuales, unos 58 dólares al cambio oficial y apenas diez al mercado informal. En el turismo, además, buena parte del dinero llega por propinas, pagos ligados al servicio a visitantes y otros ingresos informales. Cuando el flujo de extranjeros cae, no solo se encoge la nómina visible; también desaparece el efectivo que sostiene la mesa, el transporte y los gastos diarios de miles de hogares.
La angustia ya se siente dentro de los propios hoteles. Mariam Abreu, operaria de seguridad del Grand Aston de La Habana, dijo que quedó en shock y triste al enterarse de la salida de Archipelago International. Su reacción resume el miedo de quienes dependen de una industria que el régimen mantuvo atada a la inversión externa y ahora deja expuesta a los vaivenes de su propia incapacidad de sostenerla.
El golpe se extiende más allá de los resorts. Restaurantes privados, arrendadores, guías, transportistas y vendedores de alimentos pierden también cuando cae el visitante. En Viñales, uno de los polos de turismo rural más activos del oeste cubano, Lázaro Mena contó que su proyecto Mogote Adventure lleva dos meses sin ingresos. Allí, donde se estima que el 80 % de la población vive del turismo, la caída se siente con dureza y sin margen de alivio inmediato.
La crisis vuelve a dejar al desnudo la dependencia de Cuba de un sector que el régimen no pudo blindar ni diversificar. La isla sigue atrapada entre la falta de combustible, la inseguridad para las empresas extranjeras y un aparato estatal que conserva la propiedad, pero no logra sostener la operación ni proteger el ingreso de quienes trabajan dentro de ella. El resultado es el de siempre: hoteles vacíos, negocios paralizados y familias enteras pagando la factura de un modelo económico agotado.

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